La sequedad del ambiente

Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.” Salmo 63:1-3

“Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” Juan 4:13-14

Odio cuando estoy resfriado, los dichosos virus parecen que la toman conmigo cuando cambia el tiempo, y sobre todo, con mi nariz, provocando angustiosos y profundos taponamientos, que me obligan a respirar por la boca. Esto por las noches es especialmente dificultuoso, ya que me suele costar quedarme dormido, y cuando lo hago, me despierto a media noche con una espantosa sensación de sequedad en la boca que lleva a levantarme a buscar agua, para saciar mi sed, pero al cabo de un tiempo la sed regresa, pues sigo respirando por la boca, a menos que busque algún remedio eficaz y duradero.

Para la higiene de nuestra pequeña hija, usamos toallitas húmedas, que suelen conservarse en un recipiente de plástico, que puede cerrarse. Sabemos que si ese recipiente quedara abierto, la esencia de esas toallitas se evaporaría y se secarían. Sería mucho más incomodo usarlas, servirían para poco más que para ser desechadas.

El aire que está a nuestro alrededor, que invade nuestro espacio, ese aire necesario para la vida, porque aún tiene oxígeno, es paradójicamente, lo que nos está matando poco a poco. El aire oxida el organismo, o si no fijáos bien en la reacción de un plátano o una manzana cuando lleva un ratito sin su piel… eso mismo hace en nuestro propio cuerpo, y ese es el origen de nuestro envejecimiento. De ahí, que muchos productos se vendan como que tienen propiedades anti-oxidantes, lo que en teoría hacen es retrasar el envejecimiento y deterioro de los tejidos. Pero es inevitable el deteriorarse, el secarse… mientras estemos en este mundo será así, poco a poco, nuestra decadencia va unida al ambiente en el que estamos inmersos.

Así ocurre con nuestra vida espiritual, la cual necesita de la humedad y frescura del agua viva que sólo proviene de Cristo, pero ¿Qué seca nuestro ser? Principalmente nuestro ambiente, nuestro entorno, el aire que respira este mundo es el aire viciado e impuro de los afanes, los problemas, los pleitos y contiendas, las preocupaciones, los malos deseos, el materialismo, el vicio, las viejas costumbres pecaminosas, las nuevas filosofías humanistas, que nos secan separándonos de Dios, apartándolo, reduciéndolo en nuestras mentes, proclamando que el hombre se vale por sí mismo y su inteligencia basta para nuestra satisfacción y plenitud vital. Ese el aire que respiran nuestros niños y jóvenes en las aulas, eso es lo que respiramos en nuestros centros de trabajo, por la calle, con toda la publicidad asaltándonos con modelos “ideales” de vida, tratando de moldearnos al parecer de una sociedad decadente, dictándonos como debemos de comer, de vestir, qué medidas corporales tener, o qué artefacto tecnológico tener para estar a la última y ser más moderno y más aceptado en nuestra sociedad. Pero eso nos sigue secando.

¿Habéis probado alguna vez a echar unas pocas de agua encima de un coche que ha estado expuesto todo el mediodía al sol de verano? Nada más tocar la chapa se evaporan al instante, si alguna gota sobrevive será por unos segundos, rápidamente desaparece y la chapa seguirá tan seca y caliente como antes, o incluso más, porque ese poquitín de agua ha sufrido una ebullición rápida. Así es la satisfacción que nos producen los placeres de este mundo, un poco de agua para mojar nuestra alma, que en seguida se va y nuestra espantosa sequedad sigue, y va en aumento. Es por eso que debemos de hacer caso al rey David, que en algunos de sus salmos hace mención al agua, y a la sed de su alma, una sed que sólo puede satisfacer con creces, su descendiente, nuestro Señor Jesucristo. Él mismo ha declarado ser una fuente inagotable de agua, de tal manera que nuestra sed será satisfecha definitivamente, y aún más, que hará de nosotros fuentes de agua, para que otros, necesitados como lo solíamos estar nosotros, también puedan beber. Sobre todo ahora, que en estos tiempos, el mundo sigue secando el ambiente cada vez más, es nuestra necesidad, responsabilidad y placer, el acudir constantemente a la fuente inagotable de agua viva que es Jesús ¡Refréscate en este verano con su amor, sus palabras y su misericordia!

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