A lo que hemos sido llamados

Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor1ª Corintios 1:9

 

Algunos piensan que hemos sido llamados a usar nuestros dones en la iglesia; otros, que hemos sido llamados a propagar el evangelio; otros, a servir en el mundo; y otros piensan que hemos sido llamados a ir al cielo. Todas estas cosas son ciertas, pero no son la finalidad de nuestra llamada. El propósito de nuestra llamada es tener comunión con Cristo. Tristemente se pueden hacer muchas cosas sin tener comunión con Él. Ir al cielo es para continuar teniendo la comunión que hemos establecido con él aquí en el mundo, y para profundizar en ella. Es a una relación que hemos sido llamados, no, en primer lugar, a un ministerio o a un lugar, sino a una Persona.

¿Cómo, pues tenemos comunión con Cristo? Lo obvio es que no hemos sido llamados solamente a asistir a cultos, o a tener mucho conocimiento bíblico, ni a ser miembros de una iglesia, o a participar en muchas actividades, sino a conocer a Cristo. Se le conoce y se relaciona con él de la misma manera que Jesús se relacionaba con su Padre. Se levantaba muy de mañana para buscar al Padre en oración; otras veces pasaba horas de la noche en comunión con él. Averiguaba su voluntad y la hacía. Tenía comunión con él haciendo las obras de su Padre, hablando de él, abriendo su Palabra a la gente, meditando en ella, y encarnándola en su vida. Fue la palabra encarnada cuando nació en Belén, y también, a lo largo de su vida, cuando iba cumpliendo las Escrituras en su experiencia.

Nosotros también tenemos comunión con él de este modo. Tenemos comunión con él mientras servimos a otros, mientras oramos por ellos, mientras cultivamos relaciones cristianos. Tenemos comunión con él al sufrir con otros, al llevar sus cargas, al identificarnos con su dolor.

También tenemos comunión con Cristo al sufrir por su causa. ¿Quiénes son los que tenemos más comunión con él? ¿No son los que languidecen en cárceles en Irán por amor a su nombre, los que van a reuniones en las casas-iglesias de la China a peligro de sus vidas, los que cruzan las montañas de Afganistán para animar a creyentes aislados, los que predican a las multitudes al aire libre en Kenia, los que caminan horas para llevar el evangelio a pueblos donde no se sabe nade de Cristo? Son los que visitan hospitales, los que atiendan a enfermos en sus casas, los que apadrinan a niños pobres, los que estudian la Palabra para transmitirlas a otros, los que trabajan activamente para edificar la iglesia. También son los que apoyan económicamente a obreros, los que oran con pasión por las almas, los que reparten literatura, los que adoran desde lechos de dolor, añorando su venida.

Dios provee las circunstancias, todas ellas medios para tener comunión con su Hijo.  En esta comunión uno ora, busca a Dios, siente lo que siente él, llora, implora su ayuda y experimenta su poder. Vives lo que vivía Jesús en circunstancias parecidas en las cuales llegas a comprenderle, a amar como amaba él, a sufrir como sufría el, a perdonar y a practicar su paciencia en viva comunión con él. En estas circunstancias te habla, te anima y te dice que está contigo allí donde estés, y dices como Pablo: “pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas” (2 Tim. 4:17).

Esto es tener comunión con él.

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