Cadenas

“Así que, si el Hijo os hace libres seréis realmente libres” Juan 8:36

Cuando Jesús habla de ser libres, es porque desde que el hombre es hombre, ha vivido en esclavitud. Me explico, creo que de una manera u otra, todos, somos esclavos de algo, estamos atados a algunas cadenas, en nuestras almas, que nadie ve. Y lo más grave es que estamos tan habituados a ellas, que ya no las percibimos. Es decir, creemos que somos libres sin serlo de verdad.

No todos estamos atados de la misma forma, pero lo estamos. Unos llevamos las cadenas de los vicios, otros las cadenas de las preocupaciones, otros estamos bien arraigados a las tradiciones, otros a la religiosidad, otros a los miedos, otros al trabajo, otros al complejo de inferioridad, otros al deseo del poder y del dinero, otros a remordimientos, y así podríamos hacer una lista muy larga. Y digo yo: Si Cristo me perdonó haciéndome libre ¿por qué no gozo de esa plena libertad? Hace poco leí una historia que me hizo pensar bastante:

“Cuando yo era niño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante, que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de su peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de la actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera a penas enterrado unos centímetros en el suelo, y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir. El misterio sigue pareciéndome evidente.

¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores, pregunté entonces a un maestro, un padre y un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se encapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia “si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo olvide el misterio del elefante y la estaca, y solo lo recordaba cuando me había encontrado con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mi, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño. Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque pobre, cree que no puede.

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza.”

De Jorge Bucay “Déjame que te cuente…”

Todos tenemos un poco de ese elefante, estamos atados a ciertas estacas que nos quitan la libertad. Quizá, hace mucho tiempo, aprendimos el mensaje “no puedo”. Pero hermanos, nuestro señor Jesucristo no nos dijo en vano estas palabras: “Si el hijo os hace libres, seréis realmente libres”

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