Guardado bajo buen recaudo

“En las muchas palabras no falta pecado; Mas el que refrena sus labios es prudente. Plata escogida es la lengua del justo; Mas el corazón de los impíos es como nada. Los labios del justo apacientan a muchos, Mas los necios mueren por falta de entendimiento. La bendición del Señor es la que enriquece, Y no añade tristeza con ella.” Proverbios 10:19-22

2473137073_d86fa41b70

¡Qué tiempos tan extraños estamos viviendo! En los albores del siglo XXI, el ser humano manifiesta sus contradicciones en todo su esplendor, por ejemplo: queremos vivir tranquilos, y cuando alcanzamos ese estado deseado, se nos cae la casa encima; queremos estar rodeados de mucha gente, para sentirnos protegidos y queridos, pero luego éstos nos agobian; queremos pasar desapercibidos, pero a la vez queremos destacar; en estos días anhelamos el calor, pero ya me contaréis dentro de cuatro o cinco meses… En los últimos tiempos queremos proteger nuestra privacidad, pero luego nos exhibimos en las redes sociales. ¿Por qué? ¿Qué extraño impulso nos mueve a compartir nuestra vida de esta manera con los demás? ¿Afán de protagonismo? ¿Una deuda con los que nos rodean? ¿Un ejercicio de transparencia de vida, ahora que parece que nuestros políticos la han puesto de moda?

Yo no seré quien responda a esas preguntas, no soy sociólogo, ni antropólogo, pero una cosa sé, y es dónde está el mejor espejo donde puede el hombre mirarse el alma: la Biblia.

De la misma manera que hay personas que cuentan en Facebook lo que hacen, como se sienten, cuales son sus planes y proyectos, etc… hay muchos personajes bíblicos que han hecho lo propio, pero destacaría cuatro de todos ellos: tres del Antiguo Testamento: Job, David y Salomón y uno del Nuevo: Pablo. Pocos han desnudado tanto su alma como ellos, plasmando en palabras multitud de sentimientos, pensamientos y experiencias que se han ido agolpando en sus intensas vidas, y que han llegado hasta nuestras manos. Gracias a estos escritos podemos saber que Job era un hombre atribulado, pero fiel y firme, a pesar de todo, pudimos aprender gracias a él, que no todos los que dicen  ser amigos, realmente saben apoyar con sabiduría en momentos difíciles. De David conocemos su alma sensible y creativa, el virtuosismo de las palabras en bellos salmos, la búsqueda constante del perdón y vivir de rodillas, a pesar de ser uno de los reyes más grandes de la historia; de su hijo Salomón supimos que de nada sirve tenerlo todo, sentirlo todo, y conocerlo todo de este mundo, si no se sabe apreciar lo más importante, también aprendimos de él, lo que es la pasión de una pareja enamorada, y a conducirse por la vida con la sensatez suprema de la sabiduría. Y de Pablo, aprendimos lo que cuesta el cumplir con el deber y el llamado, que sin ser el más grande, se pueden cosas enormes, y que no importa tanto el pasado, sino lo que está por delante en el camino.

Si lees la historia de los cuatro personajes, puedes completar vidas  asombrosas, que podrían llenar preciosos y densos historiales del perfil de una red social, pero lo más importante y que es común a estos cuatro hombres, es sin duda la acción de Dios obrando a través de ellos. No tiene sentido haber contado esos poemas, salmos, proverbios o epístolas, sin un Dios apasionado por su obra y por la humanidad en todo y sobre todo. Esa es la mejor justificación de haber desnudado el alma como lo hicieron estos hombres, no tanto para mostrarse a sí mismos, sino para dar testimonio de un Dios proveedor, perdonador, misericordioso, justo, fiel, amoroso… siempre en claro contraste de nuestra mísera humanidad.

Hoy cuento todo esto porque si bien cada uno es libre de contar al mundo lo que quiere en su vida, no lo es para contar la de los demás, a menos que se tenga su permiso expreso. Leyes como la de Protección de Datos (LOPD) velan por respetar las libertades de cada uno: La libertad de unos de ser y expresarse como ellos quieren y otros de guardar a buen recaudo, aquello que por derecho puede y debe guardar: Su vida, su intimidad.

Una cosa aconsejo, y no sólo lo aconsejo yo, sino también uno de los cuatro: Salomón, y es a ser prudentes con lo que contamos y difundimos acerca de nuestra vida, pues sabemos (o deberíamos saber) que no somos perfectos y podemos caer con facilidad ante la multitud de nuestras palabras, sigamos el consejo del pasaje en portada,  y sobre todo aprendamos a respetar a nuestro prójimo y tendremos una sociedad más justa, que combate el temor, con el mejor arma posible: El amor.

Santiago Hernán

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.