El amor nunca deja de ser

“El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencias acabarán” 1ª Corintios 13:8

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La foto que acompaña a este artículo, corresponde a la nebulosa IC-1805, una formación estelar y gaseosa de un tamaño estimado de 200 años luz, y que se encuentra a unos 7500 años luz de la tierra (1 año luz equivale a 9.460.730.472.580,8 km). Gracias a avanzadísimas técnicas de astrofotografía, el ser humano ha podido admirar esta belleza, entre otras muchas, de inmenso tamaño y fulgor. Desde nuestra posición se asemeja a un inmenso corazón sideral, flotando en medio del universo.

Viendo cosas como esta, nos damos cuenta de lo grande que es nuestro Dios, el creador de los insectos que se esconden entre el césped de un jardín, las cadenas montañosas de los Andes o el Himalaya, los átomos que componen todo lo que podemos palpar y las grandes estrellas supernovas que podrían engullir a nuestro mismísimo sistema solar, si estuvieran más cerca. Pero esto es una prueba de que Dios ha creado todo con grandiosidad, pero también con sentido y con equilibrio, no por un golpe de inspiración, ni por azar, sino por amor.

Cuando pensamos en el amor, en seguida se nos viene a la mente, el amor de una persona “hacia” otra. Y en el caso de Dios, tenemos claro que él ama, pero “hacia quien”?

“Él nos ama a nosotros”, eso es lo primero que podemos pensar, y es cierto: Dios amó tanto al mundo (a nosotros, a todo el conjunto de la raza humana) que se dio a sí mismo, y ciertamente lo hizo por amor. Sin embargo esto no cuadra o no encaja con el pensamiento tan extendido en nuestra sociedad acerca de la permisividad de Dios hacia el sufrimiento humano, hacia la barbarie de las guerras (Irak, Siria), los destrozos provocados por catástrofes naturales (Fukushima, Nueva Orleans…), el hambre (Somalia, Etiopía…), o los daños provocados por una gestión mala y egoísta de la economía (Grecia, España…). Da la sensación de que Dios se olvida de nosotros en estos momentos, pero los que conocemos de Dios sabemos que no es así.

A lo largo de la historia, incluso en muchos relatos bíblicos, se ha tratado el tema del sufrimiento del débil desde un punto de vista humano, pero hemos visto siempre la respuesta divina. ¡Eso es! Dios no es mudo, ni ciego, ni sordo. Sabe perfectamente lo que estamos pasando cada uno de nosotros, y aún más, si recordamos la cruz. Dios conoce el sufrimiento y si lo permite en muchas ocasiones es porque tiene un plan, no sabemos en estos momentos, como encaja nuestra tribulación en ese gran mosaico que forma su plan, pero sabemos que éste es perfecto (Ro 12:2).

También por otro lado, Dios ha otorgado al ser humano de libertad de decisión, el problema es que cada decisión lleva a una consecuencia, y nosotros decidimos pecar, por lo que debemos de asumir las consecuencias. Pecar no es simplemente hacer cosas malas, pecar es apartarse de Dios, no confiar en él, confiar en otras cosas (¿dioses ajenos?) y en nosotros mismos, y claro, así nos va. Miles de años sobre la tierra y aún no hemos aprendido la lección. Nos creemos fuertes, y sin embargo no somos nada, en comparación de la inmensidad del universo, ese universo que contiene bellezas como las de la foto, universo creado y gobernado (os lo recuerdo), por Dios. Nosotros sólo podemos ver, aprender y confiar. Es él quien tiene la última palabra, nosotros debemos de callar.

Y sin embargo nos ama, y ese amor nunca deja de ser, nunca cae, nunca falla, es infinito, más que el universo conocido y por conocer. Dios es amor, todo lo hizo por amor, por amor primeramente a su nombre, pero también, dentro de la inmensidad de su amor, estamos tú y yo. Nosotros sólo tenemos que confiar pase lo que pase. ¿Qué más nos pueden hacer? ¿Qué más nos puede pasar? Si ni siquiera la vida, o la muerte, o lo alto del espacio infinito, o lo profundo de los océanos, ni nada que hubiera ahora, ni nada que vendrá después, nada de la creación, nos puede separar de su amor. La ciencia y el conocimiento se acabará, dejará el ser humano toda habilidad e ingenio… pero el amor, su amor, permanecerá por toda la eternidad.

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