El que no reconoce su pecado

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros… Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no esta en nosotros” 1 Juan 1:8,10.

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Todos conocemos a personas (¡y algunos los tememos en la familia!) que van por la vida ofendiendo, chocando con otros, causando problemas con todo el mundo, insultando, y diciendo cosas terribles a otros personas. Dicen que son creyentes. Hasta son activas en la iglesia. Tienen su lado gracioso, y a veces son muy simpáticas. Se defienden diciendo que son así y esperan que los demás las acepten tal como son.

De vez en cuando montan un emotivo espectáculo lamentando como son, disculpándose, diciendo algo como: “Si he ofendido a alguien, que me perdonen”. Y los hay que siempre los perdonan con la filosofía que “no hay nadie perfecto” y “tenemos que perdonar y acepta a cada uno como es”. Esto es seudo-cristianismo. No es ni fiel a las Escrituras, ni al poder del Evangelio para transformar vidas. Es justificar lo que Dios no justifica. El espectáculo no es arrepentimiento de parte del ofensor, ni es bíblico de parte del perdonador, ni consigue el perdón de Dios. Los que no esperan un correcto comportamiento cristiano como consecuencia de la profesión de fe de esta persona,  tampoco han entendido bien lo que es la conversión.

Robert Murrary M’Cheyne, conocido pastor escocés del siglo XIX, escribió una carta a alguien que, según temía el, no tenía una verdadera convicción de pecado, sino un mero sentimentalismo: “¿Es posible, piensas tú, que una persona presuma de sus miserias? ¿Qué sea un inválido permanente en el hospital de Cristo?” Mantenerse inválido frente al poder transformado del evangelio desacredita el poder de Cristo para cambiar a personas complicadas. Este “inválido espiritual” niega su poder delante de todos cuántos le conocen. No se ha humillado lo suficiente para recibir lo que la gracia de Dios le ofrece. Es un testimonio negativo del evangelio.

Nuestro texto dice que la persona que niega su pecado se engaña a sí misma y que la verdad no está en ella. No respeta su conciencia. Hace a Dios mentiroso, porque él sí que le acusa de pecado, pero no le cree; cree su mentira y no la verdad de Dios. Su palabra no está en ella, porque la Palabra también le acusa de pecado. No está siendo limpiado por la sangre de Cristo, porque “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (v. 9). Si excusamos nuestros pecados, si los justificamos, si restamos importancia a ellos, o si culpamos a otros por el mal en nosotros, permanecemos en nuestros pecados. Dios no nos perdona.

No hay perdón para la persona que niega su pecado. Ella no anda en la verdad. Presume de la gracia de Dios. Razona que, puesto que “ha aceptado a Cristo como su Salvador”, Dios le perdona automáticamente, sin necesidad de arrepentimiento. Está muy engañada. Este texto dice todo lo contrario. Sin reconocimiento, confesión y abandono del pecado, no hay perdón. La persona que vive en el pecado no conoce a Dios.

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