Lectura de calidad

“Y me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel.” Ezequiel 3:3

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Hace un tiempo hablamos acerca de mantener buenos hábitos espirituales, y cuando hablamos de este tipo de hábitos o costumbres, en seguida se nos vienen a la cabeza dos cosas:

Aquellos que se han criado en la mayor parte de su vida en una cultura católica, pensarán en aquellos ejercicios espirituales tales como rezar lo que se ha aprendido desde pequeño en la escuela y asistir a misa, en algunos casos también estas prácticas incluían confesarse frecuentemente, leer el catecismo, y en alguna ocasión, leer la Biblia.

Sin embargo, si nos vamos al trasfondo evangélico o protestante, los hábitos son (como dice la canción) “lee la Biblia y ora cada día”, aunque con el paso de los años y el cambio de los tiempos lo ha transformado en “hacer el devocional” (por cierto, la palabra “devocional” es un anglicismo heredado de los misioneros americanos, no recogido por el diccionario de la Real Academia de la Lengua, un uso más correcto puede ser “tener un tiempo de devoción”). ¿Y qué es “hacer un devocional”? Pues en el siglo XXI consiste principalmente en seguir un libro con pensamientos o reflexiones diarios con una serie de pautas predefinidas, tales como una oración, y acompañados por un versículo o pasaje bíblico. Y eso está bien, no estoy en contra de este tipo de material, de hecho, en mi familia estamos siguiendo un libro y yo recomiendo a todas las familias que se haga lo mismo.

Sin embargo hay un problema. Estos libros o material, están diseñados para hacer uno al día, bajo una fecha determinada y esto “obliga” un poco a seguirlo para no quedarse rezagado. La experiencia en nuestro hogar es que si bien, comenzamos fuerte el 1 de enero, y los siguientes días, llegó un momento en el que por diversas circunstancias (celebraciones, trabajo, enfermedad, compromisos, etc) empezamos a dejar días y perdimos comba. Pero el problema no es realmente ese, sino que cuando dejamos algún que otro día suelto, quisimos juntarlo con el del día siguiente convirtiendo este momento en una especie de carrera de fondo, en el que el afán por hacer más y más días superó a la experiencia de devoción en sí y lo que debería ser un momento familiar con Dios, se transformó en una rutina más, y eso no es especial. Decidimos tomarlo con calma por este motivo y porque la esencia de un momento “devocional” es que nazca este deseo de dedicación a Dios de este tiempo en familia, no por imposición y por cumplir.

A la hora de leer la Biblia, podemos a llegar a sentir algo parecido, por no decir lo mismo, ya que como creyentes tenemos esa costumbre de cultura protestante de ponernos metas tales como “leer la Biblia entera en un año”, o “hacer una serie de pasajes en determinado tiempo”. No debería tratarse de eso, la Biblia no es un libro cualquiera, no es como leer una revista en la sala de espera del dentista o un cómic en el autobús, es la Palabra de Dios, que habló en la antigüedad a los hombres revelando auténticos tesoros y secretos de una vida santa y plena, mostrando como hacer la diferencia en un mundo caído, y por supuesto le sigue hablando de igual manera al hombre moderno.

Pero en muchas ocasiones, por no decir todas, hay que saber extraer el jugo necesario a las Escrituras, no vale ninguna lectura rápida y superficial, sino que hay que meditar y reflexionar en ellas. Más vale quedarse “atascado” en un pasaje releyéndolo varias veces si es necesario, para poder entenderlo y preguntar a un hermano más experimentado, a un profesor de escuela dominical o al pastor por las dudas que surjan, que eso se quede ahí. No puedes hacerte a la idea de qué clase de verdad de gran calibre te puedes estar perdiendo por leer algo de corrido. Por no hablar de lo tremendamente necesario que es acudir a la Escuela Dominical (¿Aún te da pereza venir?).

Precisamente en todas la escrituras, especialmente en el Salmo 119 se hace referencia a la inmensa utilidad del estudio y correcta asimilación de las escrituras, pero me quedo con el pasaje de cabecera de Ezequiel 3:3 ¡No se puede ser más gráfico!

No vale con mirar por encima, ni probar un poco de la Palabra, sino que tenemos que hacer como el profeta e “ingerir” completamente la Biblia, la tenemos que incorporar a nuestro organismo espiritual, y hacerla nuestra, la tenemos que entender con la mayor profundidad que podamos.

Santiago Hernán

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