Dejar huella

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” Mateo 5:16

huella

 

2014 está siendo un año trágico. Apenas llevamos cuatro meses completos y a estas alturas, muchos personajes de cierto renombre e influencia, nos han dejado: personalidades del mundo del arte, como el caso del genio de la guitarra flamenca: Paco de Lucía; los actores norteamericanos Phillip Seymour Hoffmann y Mickey Rooney, el destacado artífice de la transición política en España: el expresidente Adolfo Suárez; el reconocido escritor colombiano Gabriel García Márquez; y en el mundo del deporte, el exseleccionador de fútbol Luis Aragonés, y hace apenas una semana, a una temprana edad, el exentrenador del Barcelona, Tito Vilanova. No solo tienen en común ser personajes famosos a nivel internacional, y haber fallecido en este, todavía joven, 2014, sino que han marcado a los demás de una manera especial. De manera que su pérdida ha supuesto un drama, incluso para aquellos que eran sus rivales, enemigos o simplemente les eran indiferentes.

Cuando una persona cercana a nosotros se marcha, es algo que impacta de manera importante en familiares, amigos y compañeros. Sin embargo, cuando esa persona deja pesar incluso en aquellos a los que resultaba indiferentes o directamente fueran sus rivales o enemigos, es porque esa persona era alguien único, hizo algo extraordinario, y además, con un talante especial.

Me vais a permitir hacer referencia a otras dos personas más, un poco más cercanas a mi. En este caso, se trata de dos pastores: El primero de ellos tuvo un funeral prácticamente de estado, donde incluso algunos de los más destacados miembros del gobierno de su país estuvieron presentes. Me refiero a Gustavo Parajón, pastor en la Primera Iglesia Bautista de Managua, en Nicaragua. Su fama traspasó las fronteras de este país por su papel pacificador en el conflicto que dividió a los nicas en los 80, además de su labor pastoral y humanitaria durante décadas. El segundo fue menos conocido internacionalmente, pero fue popular en toda la región donde estuvo pastoreando, en las condiciones más duras y en un estado de salud precario. La mayoría de meses no cobraba ningún salario y ejerció hasta el último de sus días, predicando el evangelio en esas montañas remotas del norte de Nicaragua. Su nombre: José Dormuz (A algunos de vosotros os sonará ese apellido). A su sepelio, en plena temporada de lluvias (los que hemos estado allí sabemos como son esas lluvias), acudió multitud de gente de toda la comarca. Fue muy querido pues dejó huella. Como muchos otros, sean famosos o no.

En nuestra vida tenemos la oportunidad de dejar huella, no para buscar la fama y el reconocimiento, sino para tratar de mejorar la vida de los demás. Muchos de los nombrados dejaron huella buscando siempre el bienestar y la felicidad de los demás, incluso anteponiendo esto a sus intereses personales.

El ejemplo más grande de huella dejada fue sin duda la de Cristo, en la cruz. Al contrario que los ejemplos del principio, no se marchó arropado por la multitud, sino fue humillado y despreciado hasta exhalar su último aliento. Sin embargo, ocurrió algo extraordinario que vino a rubricar el hecho de que los demás, incluso algunos rivales y enemigos, terminaron por reconocer en Jesús como alguien especial. Cristo había perdonado antes de morir, y el momento de morir el velo del templo se rasgó en dos. Un centurión romano afirmó que este Jesús verdaderamente era un hombre justo, mientras el resto de la multitud se lamentaba de lo sucedido, tras haberle vituperado.

Ni los milagros más espectaculares, ni los sermones de mayor impacto, pudieron igualar este momento de manifestación de la Gloria de Dios. El mayor acto de amor de la historia de la humanidad fue dar su vida por los demás, incluso por aquellos que le despreciaban, sus rivales y enemigos. Eso no sólo marcó a toda su generación sino que cambió la historia para siempre.

No podemos igualar el ejemplo de Jesús en su sacrificio porque es único, pero estamos llamados a ser como él y dejar una profunda huella en la vida de los demás

Dios te ha dado capacidad para hacer algo extraordinario, pero no porque puedas hacerlo tú, sino porque puedes dejar que sea Dios quién lo haga a través de ti. ¿Acaso no hizo algo extraordinario con un puñadito de hombres simples en el primer siglo?

¿Y tú? ¿Qué estás haciendo en tu vida para marcar a la de los demás? Cuando te marches ¿Cómo serás recordado? ¿Por ser una buena persona que cuidaba de su familia y amaba a sus amigos? ¿O serás algo más? Al ser luz a los demás, inevitablemente dejamos huella… incluso en nuestros enemigos y rivales. Y no solo eso, sino que mostramos a aquél que es la luz verdadera, aquél que no solo ha cambiado la historia, sino que hoy sigue cambiando vidas.

 

Artículo de Santiago Hernán para iebsanse.es

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