La necesidad de un rey

“sino que [Cristo] se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.” Filipenses 2:7-11

corona

Todavía está presente en nuestra retina el reciente hecho histórico que ha supuesto la abdicación de D. Juan Carlos I y la proclamación de su hijo, D. Felipe VI, como nuevo rey de España. Semejante hecho ha supuesto, en palabras del nuevo regente, el comienzo de una etapa de monarquía renovada. Pero si hay algo que caracteriza a nuestro país es la pluralidad de sentimientos y opiniones. No todo el mundo estaba de acuerdo con que este proceso de cambio de rey se fuera a consumar, sin que antes se le consulte al pueblo si deseaba continuar con esta forma de gobierno, y eso provocó manifestaciones y expresiones de toda índole. Todavía hoy, y desde que comenzó el proceso de transición democrática en España, persiste el debate sobre la necesidad o idoneidad de un rey, en vista, entre otras razones, a la hora de juzgar el papel que desempeña un monarca en un país democrático, en el que las leyes y las decisiones no las toma este jefe de estado, sino un parlamento elegido por sus ciudadanos.

Hace algo más de 3000 años, el pueblo hebreo se vio en una tesitura de cambio de forma de gobierno. Al contrario que muchos de los que se manifestaron a favor de la República en España, los judíos deseaban un rey, según las escrituras: porque así serían como las demás naciones (1 Samuel 8:20). ¡Qué curioso! El pueblo escogido por Dios, un pueblo diferente, quería ser igual a las demás, y estaban dispuestos a asumirlo, aún a pesar de las duras advertencias, por parte del profeta Samuel, de lo que ocurriría si hubiera una monarquía en Israel (1 Samuel 8:10-18).

Es muy llamativo lo que Dios responde a Samuel una vez le hubo consultado por segunda vez: “Hazles caso… dales un rey”. No es que el Señor claudicara ante el clamor popular, sino que simplemente dejó que sea el propio pueblo el que tarde o temprano se diera cuenta del error cometido y aprendiera de él. Además, el Señor tenía grandes planes con algunos de los reyes que surgieron más adelante, aunque sabemos, por la historia, que no todos llevaron al pueblo judío por el buen camino y las consecuencias terminaron por ser fatales; pues de pasar a dominar la región de Oriente Medio con los reinados de David y al principio del de Salomón, acabaron divididos, dominados por las potencias extranjeras, y finalmente exiliados.

Esto nos demuestra nuestra tendencia de mitificar y exaltar a otras figuras humanas, a las que en seguida nos agarramos como garantes de nuestra esperanza y nuestra estabilidad. Como seres humanos, necesitamos una referencia, una guía, un ejemplo. A lo largo de la historia, como hemos visto antes, los hebreos materializaban esta referencia en la figura de un rey, visible, valiente, que fuera delante de su ejército a conquistar a otras naciones o defendiendo la suya. Esta es una reacción natural en el hombre, pero mal encauzada, pues no suele elegir a quien es más conveniente para liderar.

Mil años después de estos primeros reyes (Saúl, David, Salomón…) llegó un nuevo rey, pero este era diferente: No nació en palacio, sino en un sucio pesebre; no vivió rodeado de súbditos, sino que hizo discípulos; no tuvo riquezas, pero sus tesoros eran intangibles y eternos; no iba delante de un gran ejército, montado a caballo, conquistando las ciudades, sino que acudió a la ciudad a ofrecerse en sacrificio, a lomos de un pollino; no fue coronado, con una hermosa joya de oro y piedras preciosas, sino que su corona fue una enramada de espinos que horadaron su cabeza con gran dolor; no se coronó sentado en un trono ni se paseó subido en un lujoso vehículo, fue colgado desnudo en una humillante cruz, clavado en carne viva por clavos en manos y pies. Y a pesar de todo, su discurso fue: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Y sin embargo, este Rey:

– Nunca abdicará en otro, y nunca morirá porque resucitó y vive y reina para siempre.

– Establecerá la justicia perfecta, ya que él ya la estableció en la cruz por amor a todos.

– No será lejano ni ignorante de la necesidad de su pueblo, sino que ha prometido estar con nosotros para siempre.

– Aunque no lo vean nuestros propios ojos, lo vemos en el trabajo y el amor que su iglesia refleja de Él.

– Volverá y recogerá a su pueblo, que no es una nación física limitada por fronteras, lenguas o culturas, sino que es todo aquél que cree en Él, que además vivirá para siempre junto a Él.

Estas cosas demuestran que necesitamos de un rey, pero no uno cualquiera que falle, sea injusto o finito, necesitamos del Perfecto Rey por excelencia, para que no solo gobierne un reino celestial, sino sobre todo, nuestros corazones.

 

Santiago Hernán

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