Adviento (I): María y José

“Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.” Santiago 2:17

Jose y Maria

Esta semana y las tres siguientes estaremos en tiempo de adviento. Tiempo tradicional de espera hasta el momento en el que celebramos aquella llegada de nuestro Señor en forma de niño, como todos conocemos. Un tiempo, que como hemos dicho en otras ocasiones, también debe de recordarnos que este mismo Jesús que vino volverá un día, pero ese día será el definitivo. Por lo tanto, de la manera que preparamos nuestros corazones para la navidad en este adviento, también debemos prepararnos para el segundo advenimiento que no sabemos cuando será, pero que llegará seguro.

En el adviento navideño de este año, vamos a ver a distintos personajes relacionados con la historia del nacimiento de nuestro Salvador, y comenzamos con una pareja. En esta ocasión toca una pareja que se deducía joven, y es que es difícil entender esta historia del nacimiento de Jesús en la tierra sin sus padres terrenales: María y José.

Comenzamos por ella, María. Esta joven, se dice por la tradición, (que no por la Biblia), que podría tener unos 15 años, vamos una adolescente, aunque en aquel entonces ya era edad casadera y propia para gestionar un hogar con duro trabajo y responsabilidad. Las mujeres, por aquellos tiempos, al igual que hoy día en muchos países y culturas, llevaban un lastre aún mayor que el de las tareas de su hogar, la discriminación y el desprecio propios de una sociedad machista que las consideraban cuanto menos, casi nada. Al igual que los niños, las mujeres ni siquiera entraban en los censos generales de población. Dependían de su marido para todo, y si no se casaban, o eran repudiadas, o quedaban viudas, su vida estaba condenada a ser abandonada.

Con este panorama se entienden mejor las palabras de la propia María cuando dice “mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador porque ha mirado la bajeza de su sierva…”(Lucas 1:47-48).

Por ello, como cristianos evangélicos reconocemos la figura de María como lo que es: una sierva fiel, a disposición del Señor (Lc 1:38), pero nada más allá; pues sólo Dios merece nuestra adoración ¡Nadie más! (Mt 4:10) Y sólo Cristo, siendo Dios mismo, es el único mediador entre Dios Padre y la humanidad (1 Ti 2:5).

Pero de María aprendemos una valiosa lección: Que la fe está acompañada siempre de acción, y que esas acciones tienen sus consecuencias. María tuvo fe y lo demostró con su obediencia desinteresada, aún a pesar de las posibles y terribles consecuencias que podría tener el presentarse embarazada ante su futuro marido, con quien no había tenido ningún tipo de relación sexual, pero con quien tenía un compromiso firme. María sabía que José la podía culpar de fornicación, y ante la ley, podría haber acabado lapidada. Pero todos sabemos que no fue así, por eso vamos a ver la otra parte.

Ahora vamos con él, con José. Del cual tenemos menos información en la Palabra, pero que es la justa y necesaria para saber que no era un hombre cualquiera. Según la tradición, José ya podría haber tenido una edad bastante superior a la de su compañera (más de 30 años, quizá). Para la sociedad de aquella época y aquel lugar, la reputación era una de las cosas más valiosas para un hombre adulto que está llamado a formar un hogar, como José. Un engaño por parte de la que iba a ser su mujer, podría ser fatal para su imagen personal y la de su familia que, aunque fuera un simple carpintero, era más de lo que parecía, pues era descendiente del mismísimo rey David. Después de estos 1000 años desde el reinado del pastorcillo salmista, en los que pasó de todo, sería un duro revés tener que contabilizar, además, un caso de adulterio para mancillar terriblemente esta insigne estirpe.

¿Qué se le podría pasar por la cabeza a José cuando vio a su pareja con la barriguita crecida? ¿Qué decisiones estaría barajando? Ahí donde lo veis, la vida de María estaba en las manos de este carpintero. Podría haberla condenado al instante de verla volver de casa de su prima Elisabeth, y según la ley, habría acabado apedreada hasta la muerte, y así haber limpiado un poco su reputación… esa era la vía fácil para él.

Pero Dios, como ha demostrado a lo largo de toda la historia, no da puntadas sin hilo y escogió a este varón que fue prudente, y supo esperar a tomar una decisión, decisión tomada tras revelación en sueños. José apostó por cuidar de María, protegerla y acompañarla.

Vemos en este personaje una fe puesta en acción, de la misma manera que su compañera. Esta acción se tradujo en prudencia y en obediencia. También en la esperanza, de que realmente lo que iban a ayudar a traer al mundo, era al mismísimo Salvador del mundo.

Al igual que María y José, que tuvieron fe, obedecieron y colaboraron en hacer la voluntad de Dios en la tierra, nosotros también somos siervos sencillos. Y quizá te creas poca cosa, pero para Dios eres un instrumento muy valioso. Para ello solo hacen falta fe y obediencia.

Artículo de Santiago Hernán

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