Adviento (II): Augusto César y Herodes

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Romanos 8:28

herod

 

Seguimos con la segunda semana de adviento. Vemos otro (en este caso “otros”) personajes de la primera navidad, aunque en esta ocasión, no sean de los que despiertan tantas simpatías.

Si José y María no tuvieran suficientes pruebas con el desafío de fe al que se han enfrentado con valentía, llegan más pruebas en las semanas posteriores.

Según nos cuenta el evangelista Lucas, se promulgó un edicto de parte de la máxima autoridad romana, que por aquél entonces era el emperador Augusto César (Lc 2:1), para que la población de todas las provincias del imperio, fuese censada. Una de esas provincias era la de Judea, y cuya capital es Jerusalén. A esta provincia, se le permitía ser gobernada de forma semi-autónoma por un rey, aunque como todas las provincias, estaba controlada por encima, por Roma.

Luego tenemos a Galilea, unos 80 kilómetros al norte de Jerusalén. Territorio donde convivían principalmente judíos mestizos y algunos gentiles (no judíos), de la que Judea (y por extensión, la vieja Israel) hacía escarnio, por su situación periférica. Pues de ahí eran nuestros primeros protagonistas, José y María, concretamente de un pueblo llamado Nazaret. Sin embargo, ambos, al representar a dos familias de origen puramente judío, fueron a donde sus antepasados (Lc 2:4), esto es, donde nació la familia de David, a la aldea de Belén, en Judea (1 Sam 17:12). Más de 80 kilómetros de riesgo, que es mayor, cuando una de las viajeras estaba encinta, y no iban precisamente en un coche por una autopista, ni en un tren.

Y ahí tenemos el primer desafío, presentado por Augusto César, que ajeno a las tradiciones y religión judías, colaboró sin querer, en que se cumplieran las profecías (Miqueas 5:2). José y María, sin estar en Belén, deben desplazarse allí, por lo que al futuro mesías se le vería reforzada su ascendencia judía (Is 9:7, Mt 1:1), en su lugar de nacimiento.

En Judea iba a haber otro riesgo aún mayor, y es el del rey-gobernador local: Herodes “el Grande”. Alguien que sin ser puramente judío, iba a estar interesado como nadie en esas profecías que hablaban del nacimiento, en aquella época, de un rey de los judíos.

Herodes, movido por sus celos y su afán de poder, decide cortar por lo sano, una vez vio frustrado su intento de acercamiento al Jesús recién nacido, por la astucia de los magos (la historia de éstos la veremos la semana que viene), y empleó toda su crueldad y frialdad para ordenar matar a todos los varones menores de dos años del pueblo de Belén.

Por supuesto, Jesús no se encontraba entre ellos, gracias a la intervención de su Padre Celestial, que avisó en sueños y la obediencia (una vez más) de José y María, que huyeron a Egipto (Mt 2:14) protegiendo al niño.

Lo que no sabía Herodes es que con este cruel acto, se estaba cumpliendo otra profecía (Jer 31:15, Os 11:1), que reforzaba aún más la divinidad anunciada del niño de Belén.

Volviendo atrás en el tiempo, antes de que María diese a luz, hubo otra circunstancia adversa: Todos queremos que nuestros hijos vengan en las mejores condiciones: El mejor hospital, los mejores profesionales al cuidado, las mejores condiciones higiénicas, la mayor comodidad para madre y bebé ¿Verdad? Eso es lógico. ¿Pero qué me decís si en lugar de una mullida cama, una mujer tiene que dar a luz en un establo? ¿Habéis estado alguna vez en un establo de verdad? No, no tiene nada que ver con los bonitos nacimientos con los que adornamos nuestras casas. Lo dejo a vuestra imaginación.

A veces pensamos, con nuestra lógica humana, que la culpa es de aquellos que procuran nuestro mal, y podemos meter a quien sea: A las injusticias de nuestros gobernantes, a viejos enemigos, o quizá al “infortunio”, e incluso a nosotros mismos y nuestras propias torpezas. Sin embargo, e independientemente de quién sea la culpa, el caso es que estamos envueltos de circunstancias adversas, que ponen a prueba nuestra fe.

Lo que hay que poner de relieve es que estas circunstancias adversas son otro instrumento de Dios, para cumplir con su voluntad. En el caso del nacimiento de Jesús, las profecías se cumplieron en cada obstáculo que se interpuso a José y María, y todos estos problemas redundaron al final en bien. Todas y cada una de estas pruebas sirvieron y sirven para demostrar que Jesús es Dios (Fil 2:5-7), y para que Dios sea glorificado en todo esto. También ayudaría a forjar el carácter de los tutores terrenales del niño, cuya fe les sería reforzada en cada momento (Stg 1:2-4).

Recordad: Todos los problemas que enfrentamos nos ayudan a bien (Ro 8:28) fortalecen nuestra fe, nos acercan más a Dios y éste es glorificado (1ª Pe 1:6-7). Por supuesto, si seguimos apegados a Él.

 

Artículo de Santiago Hernán

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