¿Inferiores a quién?

“Y pienso que en nada he sido inferior a aquellos grandes apóstoles, pues aunque sea tosco en la palabra, no lo soy en el conocimiento…” 2ª Corintios 11:5

Monumento cara cicatriz

Alguien ha dicho con mucha razón que el complejo de inferioridad es una bestia que se esconde en muchos corazones.

Cuántas veces nos hemos dicho a nosotros mismos: “Esta persona es más importante que yo”… “más inteligente que yo”… “trabaja mejor que yo”… “tiene mejores dones que yo”… “tiene mejor carácter que yo”… “es más…” y así podríamos hacer una gran lista. Pero ¿Por qué tengo que sentirme inferior al vecino, al hermano, al compañero? La respuesta es fácil: No me acepto tal como soy.

Si lo pensamos bien, lo que hacemos es ofender a nuestro Señor, pues Él nos hizo, somos suyos y, por lo tanto, para Él somos realmente muy valiosos, aunque seamos tímidos, callados, reservados, pequeños de estatura, altos, feos o guapos. Dice el Salmo 100 que “Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos”

Así que, no fuimos ningún accidente que hayamos nacido en el siglo XX o en el XXI, en Alcobendas, Andalucía, Sanse, o Carrizosa.

Él nos ha creado tal como somos, y tal donde hemos nacido. Así que ¿Qué importa si no me parezco a aquél o aquella que tiene mejores talentos que yo?

¡Lo que nos importa es que nuestro Padre Celestial nos acepta tal como somos! Es triste, pero hay muchas personas que sufren el complejo de inferioridad (sobre todo en la edad de la adolescencia). Yo lo viví personalmente. Me miraba en el espejo y me decía: Soy más feo que fulano de tal, a mí no me sale barba, y al otro sí. El otro con la misma edad que yo es más alto y más guapo que yo, las chicas se fijan en él, pero en mí no se fija ninguna. Gracias al Señor que esa carga me la quitó cuando se la entregué a Él.

Creo de verdad que Dios nos creó únicos. Y sólo tú, y sólo yo haremos una tarea que nadie la podrá hacer. Siempre recordaré la historia que leí en un libro de Swindoll:

“Conocí a un hermano estudiando en el Seminario Teológico. Este hermano tenía una cicatriz de nacimiento desde su frente a través de la nariz, y le cubría la boca llegándole hasta el cuello. No es nada atractivo, pero este hermano no tenía ningún complejo de inferioridad. Un día tuve el valor de preguntarle como podía tener tanto valor para que Dios lo usara sin preguntarse por su propia apariencia (sobre todo en el púlpito). Me dijo: Eso se lo debo a mi padre. Hasta donde yo recuerdo mi padre me enseñó que esta parte de mi cara fue aquella que un ángel tuvo que haberme besado antes de que yo naciera. Mi padre me decía: Hijo, esta marca es para papá, para que yo pueda saber que tú eres mi hijo.

A través de los años de mi crecimiento mi papá me recordaba: Tú eres la persona más importante y especial de la tierra ¡La verdad es que sentí compasión por las personas que no tenían marcas de nacimiento en sus caras!”

Hermanos, amigos, demos gracias al Señor por nuestros defectos, por nuestras cicatrices, tengamos este espíritu del hermano mencionado.

Si no lo hacemos, el complejo de inferioridad nos hará sentir infelices. Recordemos siempre que el Señor nos ama y quiere que también nos amemos ¿Cómo? Tal y como somos.

Ecl_3_11

Artículo de José Antonio Mata

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.