Aceite

“Tesoro precioso y aceite hay en la casa del sabio; Mas el hombre insensato todo lo disipa. El que sigue la justicia y la misericordia, hallará la vida, la justicia y la honra” Proverbios 21:20-21

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Aún a pesar de las tribulaciones que estamos pasando como país desde que comenzó la crisis sigo pensando que vivimos en un lugar privilegiado. Podría nombrar muchos de los beneficios que tenemos por el hecho de vivir en España, pero uno de los mayores es el disfrutar de una de las mejores y más cotizadas materias que producimos aquí: El aceite de oliva; además de hacerlo a un precio relativamente asequible. Si te quejas del precio del litro de aceite de oliva virgen, pregunta cuánto cuesta en otros países. Que, en la mayoría de los casos, no les queda otra que importarlo… ¡Precisamente desde España!

El aceite es muy cotizado por su valor en el mercado porque apenas son algunos de los países de la cuenca del mar Mediterráneo, y bajo ciertas condiciones climáticas, quienes lo producen (el mayor productor a nivel mundial es España). Pero también por su valor nutricional: Contiene vitamina E, previene el colesterol, y contiene antioxidantes que benefician, sobre todo, a la circulación en las arterias; previene el envejecimiento de las células, y previene la formación de las células cancerosas; ayuda al endurecimiento de los huesos, reduce el ácido del esófago y ayuda a rebajar los niveles de glucemia en las personas con diabetes. También son muchas las cualidades que tiene (y ha tenido a lo largo de la historia) en otras cosas como combustible para las lámparas, o las propiedades cosméticas de hidratación que procura en la piel.

Por estas cosas y más es tan preciado, pero también es símbolo de unción. A la hora de escoger a un sacerdote o un rey en la antigüedad, en los pueblos del medio oriente y en la cuenca mediterránea, se les solía ungir derramando aceite de oliva sobre su cabeza. Es un símbolo que aparece en multitud de ocasiones a lo largo de la Biblia.

Precisamente, en la Palabra, a la unción con aceite se suele asociar con la venida y acción del Espíritu Santo. Un ejemplo lo tenemos en la unción de David en 1º Samuel 16:13. Según el relato, este ungimiento fue el preciso momento en el que el Espíritu de Dios vino al que iba a ser, desde entonces uno de los más grandes reyes sobre Israel.

En el pasaje de cabecera, escrito precisamente por el hijo de David, Salomón, habla del atesoramiento de aceite en la casa del sabio. También habla del necio, en contraste con el sabio, que lo que hace es malgastar todo aquello que recibe. Pero este pasaje no se entiende completamente si no es avanzando hasta el versículo siguiente, donde la justicia y la misericordia, justamente dos de las características más sobresalientes de Dios, son las que persigue este hombre sabio. El resultado de este atesoramiento es encontrar la vida, la justicia y la honra. Dando un repaso por los evangelios, vemos que Cristo precisamente promete y da estas tres cosas: Vida abundante (Juan 10:10), justicia para el sediento de la misma (Mateo 5:6), y honra para el que está desprovisto (Juan 12:26).

Sin embargo, el necio que disipa sus bienes. El derrochador es aquel que no atesora ni guarda. Es aquel que recibe un tesoro precioso que empeña para gastar en sus propios deleites antes que mirar por el prójimo. No es que el Espíritu o la Sabiduría que da el Espíritu Santo se malgasten, pues son fuente inagotable, pero lo que sí se malgasta es el tiempo que se emplea en poder recibir esa sabiduría, así como las oportunidades que Dios brinda para poder recibirla. Es decir, si pudiendo recibir lecciones, como en la Escuela Dominical o en el culto (a través de las predicaciones), y pudiendo detenerse a leer y estudiar la Palabra a diario, mejor se decide a rechazar todo esto y emplear ese tiempo en otras cosas, tales como dedicarse tiempo a uno mismo continuamente, se está siendo derrochador y necio. También se puede ver de esta manera: Si conociendo la sabiduría, no se aplica a tu vida diaria ¡También se está derrochando, y por lo tanto se está cometiendo necedad!

Atesora tu aceite. Evidentemente no el preciado jugo de la oliva, ya que es sólo una metáfora. Pero si el “aceite” que da Dios a través de la acción de su Espíritu Santo en todos aquellos que lo buscan de corazón, atesoran, y aplican la sabiduría en su mente y allá donde estén.

Artículo de Santiago Hernán

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