La sinfonía de la congregación

“Alabad a Dios en su santuario;
Alabadle en la magnificencia de su firmamento.

Alabadle por sus proezas;
Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza.

Alabadle a son de bocina;
Alabadle con salterio y arpa.

Alabadle con pandero y danza;
Alabadle con cuerdas y flautas.

Alabadle con címbalos resonantes;
Alabadle con címbalos de júbilo.

Todo lo que respira alabe al SEÑOR.
Aleluya.”

Salmo 150

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Este breve pero intenso salmo, que al leerlo, casi puedes escuchar cada instrumento resonando en un glorioso estruendo, y puedes percibir en tu mente la melodía completa de la orquesta universal con el que acaba este bello pasaje, con todas las criaturas creadas rindiendo una potente alabanza a su creador. Este final de los salmos bien podría ser el final, abierto y eterno, de la propia Biblia.

Esta orquesta es también una alegoría de lo que debería ser la Iglesia: Una hermosa orquesta que toca una bella sinfonía para el que es su director y espectador a la vez. Una sinfonía es como su raíz en griego indica, un conjunto de sonidos que confluyen a la vez y con armonía.

Pero la sinfonía que se describe aquí no incluye a todos con el mismo instrumento, ni con el mismo tipo de instrumento. Fijaos bien que aquí cabe la potencia de la bocina, la contundencia de los címbalos, el ritmo de los panderos, la elegancia de los instrumentos de cuerda y la sencillez de las flautas. En la iglesia, cada personalidad cuenta, cada don es útil, cada forma de hacer las cosas es oportuna y cada experiencia personal es válida.

Pero para que esto funcione correctamente hace falta que todos toquen la misma melodía, cada uno con su instrumento diferente, pero la melodía tiene que coordinarse. Para ello, todos los músicos siguen las pautas que les marca una partitura. La partitura de la Iglesia es la Palabra de Dios, sin ella es imposible tocar lo que el Señor quiere que sea tocado.

Ahora bien, no hay, ni puede haber sinfonía sin una dirección. Es imposible coordinar tan vasto conjunto de instrumentos si lo tiene que hacer uno de los instrumentos en medio de la orquesta. Es necesario un director que lleve la batuta, y no puede haber más de uno. Cristo mismo es el director de la orquesta, usando la batuta del Espíritu Santo y deleitando al Padre que observa y organiza a la vez. Él se goza viendo como funciona su pueblo en armonía.

Él es además nuestra inspiración, el firmamento, otro inmenso coro a nivel cósmico, una muestra de su gran perfección, el lugar donde nos ha puesto es su santuario, y sus proezas una motivación extraordinaria para poder hacer sonar el instrumento que tenemos en nuestras manos. ¿Qué proezas son aquellas que te inspiran para alabarle usando tus dones y capacidades? Seguro que son muchas, pero te diré la más grande: Su amor. No hay mayor proeza que esta.

Todo lo que respira le alabe a Él. Si no respiras estás muerto. Los muertos no pueden alabar, no pueden dar gracias a Dios ¡Están muertos! Pero gracias a Él tenemos la vida. Y esto es una responsabilidad. Una gran sinfonía no se puede silenciar, su sonido se esparce y todos terminan oyendo, los que están dentro de la orquesta y aquellos que oyen alrededor. ¿Y tú? ¿Qué melodía tocas? ¿Qué partitura tienes delante? ¿Y a qué director de orquesta sigues? Y ¿Cuál es tu motivación para tocar?

 

Artículo de Santiago Hernán

 

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