Normalidad estruendosa

“Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades. Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.” Lucas 5:15-16

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La placidez de la madrugada, la quietud y la calma, los maravillosos sueños: poder volar, visitar lugares exóticos, reencontrarse con seres queridos, la comodidad de un mullido y caliente colchón. Afuera parece hacer algo de frío, pero dentro no, la temperatura es confortable, es un placer… Y de repente… un estruendo que rompe con todo: con la quietud, con los lugares idílicos, con la comodidad… ¡Todo se desbarata en cerrar y abrir de ojos! El dichoso despertador nos informa a la única manera que sabe, que ya es hora de emprender un nuevo día con sus quehaceres y sus afanes.

Estamos genéticamente preparados para reaccionar ante estruendosos sonidos. Nuestro sentido del oído, conectado a nuestro cerebro, nos avisa de que de repente surge algo ahí y nos informa de que tenemos que ponernos en guardia. Lo mismo cuando vamos a cruzar la calle y oímos el ruido del motor de un coche acercándose, o simplemente cuando recibimos una llamada telefónica, o cuando suena el timbre de la casa.

Sin embargo ocurre, y esto es habitual para los que vivimos acostumbrados a las grandes ciudades, que el ruido es algo tan generalizado en la calle que nuestro cerebro se ha habituado tanto a él, que es como si ya no lo oyéramos. Nos acostumbramos al ruido de los motores, a los pasos apresurados de las multitudes, a la fanfarria de los comercios, a las bocinas y las sirenas, y como no, al barullo de la gente. Es una normalidad estruendosa. Y luego cuando nos escapamos un día o un fin de semana al campo lo notamos. Algunos urbanitas optan por echar de menos ese estruendo y sienten un gran vacío, mientras que otros agradecen la higiene acústica del entorno.

En nuestra vida espiritual ocurre algo similar: Ya no reaccionamos como antes cuando oímos un estruendo. Antes, cualquier cosa que oíamos, que estaba fuera de los parámetros espirituales correctos, nos alertaba y nos desconcertaba. Nos ponía en guardia oír una crítica destructiva, un chisme, la murmuración, las palabras de desaliento, la queja, la negatividad, y sobre todo la mentira. Hoy lamentablemente nos hemos acostumbrado a ello, y esto pasa porque, al igual que ocurre con el ensordecedor ruido de la ciudad, ocurre con el nefasto ruido espiritual porque estamos rodeados de él.

Con razón era habitual que el Maestro por excelencia, Jesús, se iba a lugares apartados a orar (Lucas 5:15-16).

En la Judea del primer siglo no había el mismo ruido que podemos encontrar en cualquier ciudad actual, pero el ruido del falso testimonio humano siempre ha estado ahí, desde Adán. Por tanto ¿Qué no habrá llegado a los oídos de Cristo de parte de tantos que se consideraban sus enemigos?

La diferencia es dejarse llevar por el caótico ritmo de este ruido y prestarle atención o bien, apartarse y hacer oídos sordos ante ello.

El ministerio de Jesús estaba entre las multitudes, y llegaba un punto en el que siempre le veíamos rodeado de un gran gentío, ruidoso, que se agolpaba y le buscaba para recibir sanidad y una palabra de esperanza. Sin embargo, Él además de rodearse de un reducido grupo de estrechos colaboradores, cuando tenía la mínima oportunidad se iba a lugares apartados y desiertos para pasar tiempo con el Padre.

Esta acción era una muestra de un comportamiento ejemplar que tenemos que imitar del Señor. No se trataba de pereza, no se trataba de hastío de la gente, no se trata de cobardía para enfrentarse a esas avalanchas de personas. ¡No tiene nada que ver con eso! Se trata de buscar la fuente de vida y de poder, que se encuentra en su relación con el Padre. Se trata de un ejemplo para sus discípulos, que le veían practicar la oración en soledad y en medio de la calma, y se trata de uno de los pilares de nuestra vida espiritual: La adoración íntima, de la cual nos da buena cuenta en Mateo 6:6.

No sabemos todo lo que opinarían los habitantes de Judea acerca de este Maestro, aunque hay algunas pistas en Mateo 16:13-16, en el que dejando un lado lo que opinaba la gente sobre Él, lo importante era lo que realmente era, y que reconoció el apóstol Pedro:

“Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Mt 16:16b

Así pues, aprendamos (una vez más) del Maestro, olvidemos el ruido y el alboroto de nuestro alrededor, las críticas, las habladurías y chismes. Silenciemos ese ruido. Y apartémonos para relacionarnos en la calma e intimidad con nuestro Padre celestial ¡Él sabe mejor que nadie quién eres tú! Que no te importe lo que el gentío diga de ti.

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