Escenas de Navidad

Nuestra vida está llena de muchos elementos: Uno de ellos son las personas con las que nos relacionamos, las cuales son (o deben de ser) nuestro tesoro, lo que quedaría si nos acompañan en un futuro a una eternidad con Cristo; otro elemento son nuestras posesiones, las cuales algunas son relativamente imprescindibles para nuestro desarrollo y otras no tanto; y también están los momentos, algunos buenos y otros no tanto, los cuales también atesoramos a lo largo de nuestra vida, y nos sirven para aprender, o para regocijarnos, y por todos los cuales debemos de dar gracias porque contribuyen a forjar nuestro carácter. A través de este especial de navidad veremos cuatro escenas que marcaron de una forma u otra la bella historia que en estas fechas recordamos: La anunciación, la visitación, el censo y el nacimiento. Esperamos que lo disfrutéis.

(1) La anunciación

“Porque nada hay imposible para Dios.” Lucas 1:37

 

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Aunque generalmente celebramos la Navidad con gozo y alegría, pues es un momento festivo, de disfrute de cenas con amigos y familia, de compartir regalos y pasar tiempo juntos; la verdad es que la primera Navidad, la original, aunque acabó siendo también un momento de gran gozo (Mt 2:10, Lc 1:46, 2:10 y 2:20), estuvo rodeada de mucha tribulación.

Uno de esos momentos, que podríamos denominar críticos es “La Anunciación”. Esta escena queda recogida únicamente por el evangelista Lucas, en el capítulo 1:26-38.

Esta escena es aparentemente sencilla: El ángel (mensajero) Gabriel anuncia a una muchacha prometida, pero aún no casada llamada María que iba a concebir y dar a luz al Salvador del mundo. Aún a pesar del breve momento de duda de la joven, acepta su destino dejándose usar por el Señor.

Es un momento crítico porque todo estaba dispuesto de tal manera, que una variación de la misma historia la habría cambiado por completo.

¡Qué sensación tan agridulce para María! Por un lado, iba a llevar en su seno al hombre que iba a cambiar la historia de la humanidad para siempre, iba a concebir a Emmanuel, Dios encarnado en la forma de un sencillo bebé, y ella, una mujer sencilla, una “Doña Nadie”, sería la responsable de darle a luz y cuidarle mientras era pequeño, lo cual bien podría ser una gran presión por sacarle adelante en un mundo tan hostil como el que vivimos hace 2000 años, sin los avances y comodidades actuales.

También sería una gran presión porque el hecho de tener al Mesías prometido por los profetas, y viendo como fueron tratados algunos de estos profetas en el pasado, supondría que no se sabría qué suerte correría este bebé desde el primer día de su vida. Los focos del mundo se pondrían encima del pequeño en cuanto supieran quien iba a ser… ¡Y así fue, cuando Herodes se enteró de que en Belén nació el nuevo rey de Israel!

Pero una de las sensaciones de presión y desasosiego más fuertes es por la incredulidad, principalmente de su compañero José. ¿Cómo decir que había concebido y estaba embarazada si no había conocido a ningún varón? ¿Cómo le va a creer? ¿Qué dirán los demás? La familia de él, la familia de ella, los vecinos de la aldea de Nazaret.

Pero María no pensó nada de eso, o quizá sí, pero no en ese momento. Su mayor preocupación era saber como iba a concebir siendo virgen. Tanto la mente de María, como la de cualquiera de nosotros, siendo tan finita, no llega a comprender la grandeza de Dios, la que es capaz de hacer posible lo imposible, la que está por encima de cualquier esquema lógico, esa que nos muestra cosas tan elementales como que al momento de apoyarse sobre el agua, te hundes, o como que no se pueden saciar cinco mil adultos con solo cinco panes y tres peces, o como que la sangre pura e inocente de Cristo puede acabar completamente con toda la miseria humana, si es entregada a él, y hacernos inocentes a nosotros también.

¿Cómo explicar esta maravilla? ¿Cómo decirle al mundo incrédulo que no hay nada imposible para Dios?

Por mucho que queramos hacer o decir, todos nuestros esfuerzos resultarán infructuosos, porque precisamente son en “nuestros esfuerzos” en los que tendemos a confiar. La historia de la anunciación refleja una bellísima doble coincidencia y confirmación alrededor de este momento, y es la otra anunciación milagrosa, en este caso, la de su parienta Elisabet, que sería un apoyo magnífico para la presionada María, y le ayudaría a allanar el terreno para reafirmarse en el gozo de lo sucedido, pero por otro lado, Dios también se encargó de José, y también le reveló acerca de esta casi inverosímil realidad. Uniendo así los puntos y atando todos los cabos, preparando para la llegada del nuevo Rey de los judíos, el nuevo y eterno Rey de la humanidad.

Aprendamos a confiar más en Dios, olvidemos la presión y la carga de nuestro alrededor, y recordemos que Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Hebreos 13:8), y de la manera que a María se le fue revelado que no hay nada imposible para Dios hace dos mil años, hoy tampoco hay nada imposible para Él, y digamos como la joven: He aquí el siervo/a del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra.

 

(2) La visitación

“Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.” Lucas 1:41-42

visitacion

Comenzamos con un momento muy crítico para la vida de María, una joven pobre, que aunque estaba comprometida con el que iba a ser su marido José, aún no compartían lecho, cuando iba a recibir la noticia de que iba a concebir al mismísimo Salvador del mundo. Imaginad la reacción de José al ver la barriguita, imaginad el vecindario, los padres… la propia María. Imaginad también la responsabilidad de ser el niño “señalado”.

Bien, pues una de las mejores decisiones de María en medio de esta crisis fue hacer una visita a su parienta Elisabet, y esa visita es la segunda de las escenas navideñas que veremos hoy.

Puede parecer una escena de menor entidad porque no implicó directamente en el acontecimiento general de la concepción y nacimiento de Jesús, pero esta visita es importante pues nos enseña algo que los cristianos nunca debemos de olvidar de practicar: La comunión.

La escena la podemos encontrar en Lucas 1:39-56 y ocurrió así: Tras el anuncio de la concepción de María, esta fue a visitar a su parienta Elisabet, la cual estaba también encinta por obra milagrosa de Dios, ya que esta familiar era estéril y de edad avanzada. Al entrar María en la casa de Elisabet, el bebé de esta saltó en su vientre por el gozo que le provocó esta visita. Elisabet, llena del Espíritu Santo, bendijo a María por la gran bendición del futuro hijo que iba a tener. María expresó su gozo entonando el cántico conocido hoy como “El Magnificat”. Una oda a como favorece Dios al débil, resiste a los poderosos, y cumple con su obra sobre su pueblo.

Al contrario de la anterior escena que vimos la semana pasada (la anunciación), donde hubo momentos de incertidumbre y tensión latente, porque se podría avecinar un conflicto familiar y habría que luchar con la incredulidad, la escena de la visitación es un momento de gozo, de alegría, de paz y hermandad. Esta visita era la acción lógica para una María, probablemente llena de dudas y atribulada, su estancia en la casa de Elisabet suponía alcanzar un oasis donde poder descansar, cuerpo y mente. También un refugio donde huir de las murmuraciones de los aldeanos, una manera de llevar esos primeros meses tan críticos de embarazo en un ambiente seguro y discreto.

Esta visitación no solo supuso un descanso para María por el hecho de ver a su parienta, sino porque Elisabet ya tenía la mente preparada para recibirla pues su concepción fue fruto de la obra milagrosa de Dios, al igual que el de la joven que venía a verle. Precisamente el Espíritu de Dios fue el que confirmó de manera palpable pero silenciosa que el hijo de María no era cualquiera, sino que iba a ser en el que se cumpliría todo aquello que se reflejó en el canto poético del “Magnificat”.

¿Qué podemos extraer de todo esto? Sin duda alguna, la importancia básica de congregarse, de buscar apoyo y refugio, primeramente en Dios, pero ayudado y arropado por hermanos, que también tienen problemas y tribulaciones, pero que también tienen la misma fe, el mismo gozo y la misma esperanza. Que todos hemos experimentado el mismo milagro de la concepción y el nacimiento de una nueva criatura, aquellos que decidimos entregar nuestra vida al Salvador. ¡Qué bueno es cuando viajamos por nuestro país, y llegamos a otra ciudad donde podemos encontrar otra iglesia cristiana y ver a hermanos que comparten la misma fe con nosotros, y sabemos que es la misma predicación que en la iglesia de donde venimos! ¡Qué oasis supone el poder llegar un domingo más y poder compartir de las bendiciones de Dios juntos! ¡Que gozo supone el poder adorar juntos, como adoró María en aquella hora!

Esta visitación no es la única de la Navidad. Sabemos que hubieron más, donde la adoración y la entrega eran los denominadores comunes: La visita de los magos de oriente (Mateo 2:1-12), donde entregaron una gran parte de su tiempo, sus esfuerzos y esos significativos presentes. También la visitación de los pastores (Lucas 2:8-20), los cuales, aún en medio de su sencillez, apartaron un tiempo en la noche, para ver al niño y regocijados, divulgar a los alrededores acerca del acontecimiento del que fueron testigos.

Lamentablemente hay creyentes que piensan que no necesitan de una iglesia. Algunos, como es obvio, se convirtieron en una iglesia, crecieron en la fe en una iglesia, pero al llegar los problemas o por cualquier circunstancia, se marchan para no pisar ninguna. Las razones pueden ser muy legítimas, y hay veces que se pueden entender, a la luz de los problemas que surgen en el seno de las iglesias, pero si el Señor nos manda congregarnos, es porque su plan maestro incluye a La Iglesia, de la que es la cabeza y el novio, y es por razones importantes. Ya vimos lo que ha supuesto para María y Elisabet esta visitación, pero también lo que supuso para grandes hombres de la fe, el poder congregarse para la adoración conjunta: David (Salmo 122 y 133), los apóstoles y los 120 (Hechos 1:12 y siguientes) y la iglesia primitiva (Hechos 2:42 y 46-47, 4:32-33), entre otros.

Estamos en tiempos difíciles que no nos demuestran otra cosa sino que estamos cerca del final. Pronto Cristo viene, y tendremos que estar preparados, no solo para recibirle juntos, sino para pasar una eternidad con Él y en compañía de la que hoy es su iglesia.

“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” Hebreos 10:23-25.

 

(3) El censo

“Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta.” Lucas 2:4-5

Llegada a Belen

Ahora toca una escena un poco más prosaica que las anteriores, que quizá a priori no nos diga tantas cosas, pero que también nos muestra como todo evento cuenta y de cada experiencia podemos aprender algo más.

Este relato del censo, lo recoge únicamente Lucas, en los primeros 7 versículos del capítulo 2. No tiene nada de especial este llamado a empadronarse a la tierra de cada uno, pero es curioso que el médico evangelista, afanado por poner los hechos ocurridos en estricto orden, incluyera el propio nacimiento precisamente en este obligado viaje de José y María.

El emperador romano Augusto César, el cual tenía sometidos a todos los pueblos y regiones del imperio, hizo otro censo (ya había hecho otros antes) para tener controlada la población y así procurar que no se escape nadie de pagar sus respectivos impuestos.

Lo que antaño fue el gran reino de Israel, en esa época no era otra cosa sino un par de provincias romanas más, probablemente de las más pobres, y dentro de una de esas provincias, la de Judea, doblemente sometida, porque además de Roma, también gobernaba Herodes, estaban los protagonistas de esta historia. Los cuales deben de emprender un viaje, apenas alrededor de 100 km, los que separaban Nazaret de Belén, lo que hoy día se haría en 1 hora, en aquel entonces era un costoso viaje de más de un día, con multitud de peligros acechando, y pasando de largo por la región de aquellos “odiados” samaritanos, que como buenos enemigos de los judíos que son, no eran gente de fiar.

El trayecto pasó desapercibido para el relato de Lucas, lo que se destaca más es el hecho de que tanto José como María iban a la tierra de sus ancestros, a Belén ¿Y cual fue el judío más ilustre de Belén? Exacto, el propio Lucas lo dice: el rey David.

¡Como ha cambiado la historia! Algunos descendientes del gran Rey David, parecían cualquier cosa menos de la realeza. José y María eran una humilde familia que pasaba tan desapercibida que ni siquiera tenían un sitio en condiciones para poder reposar la cabeza. No había sitio para ellos en el mesón, nos cuenta el médico.

El censo era la excusa perfecta para sacar a esta familia de Nazaret, y para que se cumpliera la profecía de que el lugar de nacimiento del Cristo era Belén (Miqueas 5:2), y que iba a ser descendiente de David (Isaías 9:6-7, Mateo 1:1-17, Lucas 1:32, Lucas 3:23-38). No era una bendita casualidad. ¡Dios lo procuró todo de esta manera!

Cumplir con el empadronamiento, como cualquier hijo de vecino, iba a ser un adelanto de lo que sería la vida de Jesús, el cual no vino para abolir la ley, sino para cumplirla (Mateo 5:17). Y para que cumpliendo y siendo perfecto iniciara su proceso de preparación para que como cordero sin mancha (Isaías 53:6-8, Juan 1:29) llegara hasta el sacrificio en la cruz.

El lado más negativo y cruel de esta historia no está en el viaje, que ha podido ser anecdótico. El hecho de procurar un censo en Judea, también servía al cruel rey Herodes para tratar de tener controlado su pequeño territorio, y este control lleva a acciones tan macabras como la matanza de los niños menores de dos años (Mateo 2:13-23). Imaginad que sufrimiento en aquel triste día para todas esas familias afectadas por la barbarie del sanguinario mandatario. Sin embargo el Señor se salvó pues su familia se exilió a Egipto, cumpliéndose más profecías (Jeremías 31:15, Oseas 11:1).

Muchas veces sentimos que ocurren cosas que no entendemos, tanto en nuestra vida como en nuestro alrededor: Se comenten injusticias, actos de maldad, desigualdades, infamias, enfermedades, accidentes, y un largo etcétera. Preguntamos ¿Dónde está Dios que permite estas cosas? Sufrimos con razón y llegamos a dudar de su fidelidad y su compasión. Esto no es nuevo en la Palabra. Hay decenas de ejemplos de hombres buenos que sufren y que no entienden lo que sucede alrededor, pero siempre que ocurren cosas, Dios está detrás obrando para bien, siempre con un propósito que sobrepasa todo lo que podemos explicar, que está por encima de nuestros planes y afanes, y que al final, siempre es bueno (Romanos 12:2).

En Romanos 8:28 se encuentra uno de los pasajes más significativos para mi vida: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” No dice que todo va a ir bien a los que aman a Dios, porque problemas tenemos y tendremos todos, pero esos problemas se verán de otra manera ¡Sufriendo, sí! Pero esperanzados porque sabemos que detrás de ello hay un Dios amoroso que tiene todo bajo control y que no da puntadas sin hilo. Nuestra esperanza está puesta en Él, en aquel niño de Belén, que llegó allí por sus padres, para cumplir un propósito eterno desde su nacimiento, y que esperamos, especialmente en este adviento, que regrese de nuevo con poder, a rescatar a su pueblo y establecer un reino eterno de paz y prosperidad (Apocalipsis 21:4-7).

(y 4) El nacimiento

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.” Isaías 9:6-7

Natividad

Ya tenemos a los protagonistas en el lugar establecido y en el momento idóneo. Todo ya dispuesto por el mismo Señor, que como dijimos la semana pasada, que no ha dejado nada al azar.

Los dos evangelistas (Mateo y Lucas) que recogen esta escena, son verdaderamente escuetos en la descripción de este hecho, ya que fueron más los momentos que rodearon este nacimiento, los que se describieron. Sin embargo este momento constituyó un antes y un después en la historia de la humanidad. De hecho, la mayoría de historiadores en occidente, siglos atrás, dividieron la historia del hombre en dos a partir de Cristo. Por ello, podemos afirmar, por ejemplo, que estamos en el año 2015, después de Cristo. Pero más que hablar de la escena en sí, hablaremos más del significado de este hecho.

¿Por qué fue (y es) tan importante este nacimiento?

Miles de bebés nacen todos los días en todas partes del mundo. El nacimiento de un niño generalmente es motivo de alegría y celebración.

Uno de los momentos clave en la vida de una persona, es el hecho de tener por fin esa criatura que deseaba y buscaba, en sus brazos, tras meses y horas de espera y en muchas ocasiones, tras un tiempo de gran sufrimiento. El hecho de ver su carita, sus ojos, sus gestos, tratando de averiguar si se parece más al padre, a la madre, a los abuelos, o si tiene mezcla de los dos… ¡Es algo muy especial! Pero también pensando de forma más fría, es un motivo de alegría para el estado, porque supone una criatura más para engrosar las cifras de natalidad en el país y por supuesto, futuros nuevos contribuyentes para mantener el sistema de pensiones y el estado de bienestar. Aún a pesar de lo laborioso que es criar a un hijo, es generalmente motivo de alegría… y esperanza. La esperanza de mantener la familia, esperanza de seguir contribuyendo a la sociedad, esperanza de poder dar más y mejores personas a este mundo en decadencia, y esperanza en tener a alguien a quien otorgar nuestros bienes cuando nosotros ya no estemos. Pero estos motivos no son sino cuestiones materiales y finitas. ¿Qué esperanza trajo el niño de Belén? ¡La mayor de todas!

En la Biblia, en Isaías 9:6-7, dice así: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.”.

Estas palabras se entienden mejor en su contexto, y es que en la época de Isaías, el pueblo escogido por Dios, Israel, se encontraba en el exilio, pasando una crisis muy importante, siendo sometido por potencias extranjeras, y fue la época en el que Dios hablaba principalmente a través de la boca de los profetas, en la mayoría de las ocasiones reprendiendo al pueblo y mostrándole que si están así es debido a su rebeldía y exhortando a que vuelvan sus ojos a Dios, abandonando la idolatría. Sin embargo, junto a las palabras de exhortación también había palabras de esperanza, y estas palabras servían para decir al pueblo que aunque todo esté mal en estos momentos, al final siempre hay una salida, pero que esa salida se iba a materializar en la figura de un Salvador.

Pero ese Salvador no iba a ser ese grandioso guerrero armado que iba a bajar de los cielos con carros y caballos, para acabar físicamente con los enemigos de Israel. Resultaría que lejos de esa beligerante imagen, la manifestación del mesías era la de un sencillo niño recién nacido. Y fijaos bien que este niño no iba a ser cualquiera porque iba a estar al frente de un principado eterno, un imperio sin límites, iba a ser por lo tanto un Príncipe… pero de paz. Llamativo ¿Verdad?

Hoy día son muchos los judíos que siguen esperando por primera vez a este príncipe guerrero que iría a rescatarles sólo a ellos, pero lo cierto es que ya vino, pero dejando las armas vino a establecer su reino, pero no un reino solo para los judíos, sino para todos aquellos que lo deseen y le acepten como Salvador personal y le sirvan como Señor que es sobre el universo y sobre la vida de cada uno.

La escena de hoy es una escena breve pero es la más significativa de todas porque se ha convertido en una nueva ruptura de nuestros esquemas mentales de parte de Dios, en el cual pensábamos que ese Escogido iba a defender lo que considerábamos nosotros justo, pero en realidad, naciendo como un humilde bebé, y convirtiéndose en el auténtico Príncipe de Paz, permitiría que supiéramos que el reino de Dios tiene poco que ver con nuestros finitos y materiales reinos físicos y nuestros pobres conceptos sobre la justicia, sino que es algo mucho más transcendente, justo y eterno de lo que pensamos, y es algo que se tiene que reflejar en nuestras vidas, cada día.

Nosotros servimos en ese Reino por excelencia, y por lo tanto debemos de ajustarnos a sus leyes y cultura. Debemos de ser como el Rey que está al frente de este reino.

Y de la manera que vino a mostrarnos que sí, que hay esperanza, no solo para el Israel de hace 2500 años, también hay esperanza para la humanidad del siglo XXI, nosotros también debemos de mostrar al mundo la esperanza que tenemos. La navidad por lo tanto debe de ser un tiempo de paz, de gozo, de alegría, pero sobre todo, de esperanza. Que en medio del exilio espiritual que vivimos, en una sociedad materialista, corrompida e injusta, donde muchos no ven salida a sus problemas, que su vida se ha convertido en un caos y creen que su destino es oscuro e incierto, deben de conocer que Cristo ha llegado, Dios se ha hecho un ser humano como todos nosotros, se ha entregado por amor, sufriendo en nuestro lugar el castigo que sólo merecíamos nosotros, y que tras la muerte en la cruz, resucitó al tercer día para que nuestra fe y esperanza estuvieran vivos con Él.

Hoy Jesús reina sentado a la diestra del Padre, y aunque en medio de tu sufrimiento no lo veas, en su mano están todas las cosas creadas: Sostiene el universo en amor y justicia, y de ti depende que tu esperanza esté puesta en Él, en el niño que nació en Belén. Aunque también tienes la posibilidad de creer en ti mismo, en tus propias fuerzas… pero ya sabes que mientras que aquél que estableció su reino por la eternidad y tiene sujetas todas las cosas no falla, tú sí que puedes fallar.

Que en esta Navidad recordemos que nuestra esperanza y nuestra confianza esté puesta en el niño que nació en Belén, que es el Mesías, el Escogido desde antes de la formación del mundo, que vino a salvar a la humanidad de su propia miseria y que regresará para establecer definitivamente su reinado, y donde disfrutaremos con Él por toda la eternidad.

¡DESEAMOS QUE TENGÁIS UNA MUY FELIZ NAVIDAD!

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“El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.” Isaías 9:2

“El Espíritu del Señor está sobre mí,

Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;

Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;

A pregonar libertad a los cautivos,

Y vista a los ciegos;

A poner en libertad a los oprimidos;

A predicar el año agradable del Señor…

…Y [Jesús] comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.’” Lucas 4:18-19 y 21

“No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:

Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.” Lucas 2:10-11

Artículo de Santiago Hernán

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