La esperanza está fuera de la tumba

“Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” Romanos 8:11

La maravillosa carta a los Romanos tiene multitud de tesoros, como toda la Biblia en general, pero quisiera compartir uno en particular, que es la porción que comprende el excelso capítulo 8.

En este capítulo se resume maravillosamente la doctrina de la Gracia y la salvación (vv.1-17), como debe de ser la vida cristiana (vv.12-13), la acción del Espíritu Santo (vv.11, 14, 16, 26) y esa grandiosa oda al alcance del amor de Dios, como broche de oro (vv.31-39). Leemos este capítulo y no podemos más que conmovernos y sonreír porque vemos a lo largo de sus 39 versículos nuestra esperanza en Cristo y su amor. Os recomiendo encarecidamente que lo leáis o lo releáis, y si lo hacéis os aseguro que no quedaréis igual que antes.

Cuando las mujeres que llegaron a ungir el cuerpo de Jesús en el amanecer del primer día y vieron la piedra quitada y el sepulcro vacío, han tenido que pasarse por sus mentes mil cosas. Me imagino en esta situación, en la que puede haber una mezcla de espanto y extraña expectativa, ya que algo anunció el Maestro tiempo atrás (Lc 9:22; 18:33) ¿Qué habrá pasado? Según Lucas, dos ángeles dieron la noticia (Lc 24:5-6, parafraseando): “No busquéis al Señor ahí dentro”. ¿Será verdad? El hecho de que Jesús esté fuera de la tumba les dio esperanza, pero una esperanza, a priori invisible, porque el Maestro ya no estaba ahí… aunque siempre hay lugar a la duda: lo han podido robar o quizá trasladar a otro lado. Más tarde se lo encontrarían cara a cara, pero este primer impacto en el sepulcro, ha debido de generar mucha inquietud.

Jesús ya les había dicho que iba a resucitar (Mt 16:21, 26:32 Mr 9:9, Jn 2:19), ya estaba profetizado (Sal 16:10, 46:15, 71:20, Os 13:14) y en las propias profecías ya se anunció que su reino iba a ser eterno (Is 9:7, Dn 7:13-14, Lc 1:32-33), por lo que no podía quedarse en la tumba. Sin lugar a dudas, el creer que Cristo había de resucitar y que lo hiciera, ya debía de encender la esperanza, no sólo de estas mujeres que hallaron la tumba vacía sino del resto de discípulos y por supuesto, este evento nos alcanza a nosotros. Esta resurrección es la que nos dice que nosotros también resucitaremos y viviremos, y que nuestra esperanza está en Cristo, haciendo patente esta realidad.

Volviendo a Romanos 8, vemos que esta esperanza aparece descrita de manera sublime, en el hecho que de la misma manera que Cristo resucitó por el Espíritu, nosotros también lo haremos en el futuro, pues tenemos la misma herencia que nuestro salvador, ya que hemos sido adoptados por nuestro Padre celestial (vv.15-17). Por lo tanto, si realmente hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, si Él mora en nuestra vida, nuestros actos tienen que reflejarlo, abandonando nuestra naturaleza pecaminosa (lo que Pablo llama “la carne”) y centrándonos en lo espiritual (vv.1, 4-10,12-13). Esta esperanza alcanza a la creación, que fue afectada y “trastornada” por la acción del pecado (v.20), pero que espera también a la redención definitiva (vv.19, 21-22).

¿Por qué ocurrió todo esto? El mismo pasaje de Romanos lo dice: por justicia (vv.2-3, 33), y por amor (v.28, 32, 35, 37-39). ¿No es maravilloso? En el sacrificio de Jesús se ponen de manifiesto hasta el extremo, la justicia y el amor de Dios (vv.3-4). Hemos sido librados porque nuestra deuda impagable, pues ya fue pagada, y el acto de pagarla fue la mayor muestra del amor de Dios en la historia. Además, se reestableció el vínculo entre Creador y creación, que se rompió con la entrada del pecado, y ahora, aquellos que hemos creído, no sólo tenemos acceso directo al Padre (v.15), sino que podremos disfrutar de todos los bienes que le pertenecen al mismo Jesús (v.17), y, además, es el propio Dios, a través de su Espíritu Santo, el que da testimonio de esta realidad (v.16).

Pero para ello han tenido que darse ambas condiciones: Sacrificio en la cruz y resurrección. Si no hubiera habido sacrificio, no habría cristianismo. Nuestra relación con Dios sería bajo la ley, la cual es insuficiente, porque como humanos débiles, no somos capaces de cumplirla (v.3), y por otro lado si no hubiera habido resurrección ¿Cómo habríamos de creer en un reino cuyo rey está muerto y que por lo tanto no sería eterno? ¿En qué estaría basada nuestra esperanza? ¿En una muerte segura? ¡De ninguna manera! (v.23) Nosotros, los que hemos creído y que el Espíritu vive en nosotros, tenemos el mismo destino que Cristo. El mismo Espíritu que levantó a Jesús, nos levantará a nosotros. ¡Esa es nuestra esperanza! (v.11)

El Reino de Dios es eterno, con un rey amoroso y justo, que murió y resucitó y que vive para siempre, y somos coherederos de ese Reino, que por supuesto, no es de este mundo. Pablo, en esta porción nos exhorta a poner nuestra mirada y nuestra esperanza en ese reino celestial incorruptible (vv.5, 18), y no tanto en este caído y corrupto mundo terrenal, que tarde o temprano se acabará (vv.21-23).

Por eso, anhelamos su regreso, que será el momento en el que estaremos con nuestro Señor y Salvador y toda la creación será redimida, todo será como Dios quiso que fuera al principio de los tiempos (v.18). Mientras tanto, vivamos confiados, porque aún a pesar de toda la tribulación y los problemas del mundo (v.36), el inmenso amor de Dios nos ha alcanzado (v.31) y nada ni nadie nos lo puede arrebatar, ni siquiera la muerte.

Gracias a Dios “somos más que vencedores” (v.37), cuya palabra original (υπερνικωμεν, “júpernikomen”) significa literalmente “obtener una victoria decisiva”, es decir, es como si hubiéramos ganado la final del campeonato cuando ni siquiera merecíamos jugarlo desde el principio por nuestra tremenda torpeza.

Y todo esto lo hizo Dios por amor, un amor invencible que traspasa cualquier barrera (vv.35-39), incluso esa tan infranqueable, como la muerte.

En la mañana del primer día, la pesada roca que cerraba el sepulcro no la movió un ser humano con su fuerza, la quitó el poder del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Artículo de Santiago Hernán

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