Precursores de la Reforma (6): Movimientos Populares (II)

Beguinas y Begardos

La vida monástica siempre ejerció una fuerte atracción sobre las mujeres. En el siglo XIII, el despertar religioso hizo que muchas se unieron a las ramas femeninas de los franciscanos y los dominicos. Otras lo hicieron en órdenes más antiguas. Pronto fueron tantas, que los varones comenzaron a quejarse y a limitar la cantidad de mujeres que estaban dispuestos a aceptar en las ramas femeninas de sus órdenes. Es probable que este impulso entre las mujeres se debiera a que la vida monástica era el único medio del que disponían, aun las más ricas, para escapar de una vida completamente sometida a los deseos y decisiones de los varones: sus padres, hermanos, esposos, incluso de sus hijos.

En todo caso, pronto los conventos tradicionales resultaron insuficientes, y hubo un gran número de mujeres que se reunieron en pequeños grupos para vivir juntas y llevar una vida de oración, devoción y relativa pobreza voluntariamente asumida. Se les dio el nombre de “beguinas”, y llamaron “beguinajes” a las casas en las que vivían. El origen de este nombre es oscuro, pero todo indica que era despectivo, pues frecuentemente se utilizaba como sinónimo de “hereje”. Así las consideraba el resto de la sociedad, y la mayoría de la jerarquía eclesiástica. Aunque algunos obispos apoyaron el movimiento, otros lo prohibieron en sus diócesis. A fines del siglo XIII, se legisló contra este género de vida, que amenazaba la estructura de la iglesia jerárquica pues, sin constituir una orden oficialmente establecida, no seguía tampoco el género de vida del resto del laicado.

Poco a poco, el movimiento comenzó a tomar matices algo diferentes. Al principio, muchos beguinajes solo aceptaban a mujeres que tuvieran medios para su propia subsistencia; pero después comenzaron a ingresar otras de origen más humilde, cuya pobreza no era voluntaria, sino más real que la de las anteriores. Pronto se empezó a acusar a los beguinajes de ser centros de holgazanería, donde se refugiaban mujeres que no querían asumir su responsabilidad en la sociedad. Con creciente insistencia, los obispos comenzaron a ponerles trabas acusándolas de herejes. En consecuencia, las beguinas se apartaron cada vez más de la iglesia jerárquica, y algunas se dieron a doctrinas supuesta o realmente erradas. En unos pocos lugares, particularmente en los Países Bajos, lograron subsistir hasta tiempos recientes. Pero en muchos otros fueron suprimidas, o pasaron a las filas de movimientos más radicales.

Al igual que las mujeres, pero en menor número y en fecha algo posterior, los varones siguieron el mismo camino. Se les dio el nombre de “begardos”, y ellos también a la postre fueron acusados de herejía y suprimidos.

Hans Böhm

Hans Böhm o Hans Behem, pastor, músico y predicador, nació en 1458 en Helmstadt Baviera, Alemania. Conocido como “El tamborilero de Niklashausen”, “El flautista de Niklashausen” o “Hans el flautista”, inició en 1476 el movimiento llamado “Peregrinaje a Niklashausen”.

Durante la cuaresma de ese año, las cosechas habían sido escasas en el sur de Alemania. En la diócesis de Wurzburgo, el príncipe-obispo de Wurzburgo, Rodolfo II de Scherenberg, señor de la comarca, imponía impuestos cada vez más onerosos. En la pequeña aldea de Nicklashausen, había una imagen de la Virgen que se decía que tenía poderes milagrosos y se había convertido en motivo de peregrinación. Un buen día del mes de marzo, el joven pastor Hans Böhm se alzó en medio de los peregrinos y comenzó a predicar. En su mensaje expresaba que era necesario arrepentirse y halló eco en los corazones de aquellas gentes angustiadas. Pronto los que acudían a escuchar al joven Böhm se contaban por millares. Muchos de ellos permanecían en la aldea, y los cronistas cuentan que el número de congregados llegó a alcanzar los cincuenta mil.

Entonces los mensajes de Böhm se volvieron más radicales. En presencia de tanta miseria reunida allí, no era difícil ver el contraste entre el mensaje cristiano y la vida lujosa que llevaba el obispo de Wurzburgo. Böhm comenzó a atacar la pompa, la avaricia y la corrupción del clero, y anunció que el día vendría cuando todos los seres humanos serían iguales, y todos tendrían que trabajar por igual. Esto era lo que el Señor prometía. A la postre, Böhm urgió a sus seguidores a actuar en anticipación del día del Señor, negándose a pagar toda clase de impuestos, diezmos y otras obligaciones, y señaló un día en que todos juntos marcharían a reclamar sus derechos.

Lo que Böhm intentaba hacer nunca se supo, pues el día antes de la fecha señalada los soldados del obispo se apoderaron de él y dispersaron a sus seguidores a cañonazos. Poco después, el 19 de julio de 1476, Böhm fue quemado por hereje.

Puesto que al parecer el fermento de su predicación continuaba, el obispo puso a toda la aldea en entredicho, y prohibió las peregrinaciones a ella, pero esas medidas no ahogaron las últimas chispas del movimiento, y la iglesia fue destruida por orden del arzobispo de Mainz.

Estos episodios son sólo algunos de varias docenas que podíamos haber narrado. Los últimos años de la Edad Media se caracterizaron por un gran descontento popular, que combinaba causas sociales con motivos religiosos. Los oprimidos veían que la vida de los opresores, no sólo era injusta, sino que también se arropaba en un manto de piedad cristiana, y hasta se apoyaba en la autoridad de la iglesia. Ante tal situación surgieron muchos movimientos de protesta, y hasta rebeliones que sólo pudieron ser sofocadas mediante la acción militar. En todos estos casos las autoridades eclesiásticas, que se contaban entre los que se beneficiaban con la situación existente, les prestaron todo su apoyo a los poderosos. A consecuencia de ello floreció el sentimiento anticlerical, inspirado inicialmente, no por corrientes de secularización, sino por el viejísimo sueño de la justicia entre los seres humanos.

Artículo de Sidney A. Orret

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