La Dieta de Worms

“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” 2 Timoteo 4:6-8

Uno de los episodios más importantes, si no el más importante, durante todo el proceso de la Reforma Protestante, lo fue la llamada Dieta de Worms. La Dieta era una asamblea de deliberación y legislación formal de un Estado, celebrada con cierta regularidad, en la que se reunían los distintos estratos sociales (nobleza, clero, burguesía, etc.) con el rey o emperador, para tomar decisiones políticas y legislativas.

Recién nombrado Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V de Alemania, el mismo Carlos I de España, decidió convocar una Dieta imperial que sería celebrada en la ciudad de Worms tras su entronización. El aspecto históricamente más relevante de la Dieta fue la comparecencia de Martín Lutero, quien fue convocado por el emperador para que se retractara de sus famosas tesis. Al recibir la convocatoria, Lutero expresó:

“Si (el emperador) me llama a Worms para matarme, o a causa de mi respuesta, para declararme enemigo del imperio, me ofreceré para acudir. Porque no voy a huir, si Cristo me ayuda, ni abandonaré la Palabra en este contexto”.

De inicio se negó a presentarse, pero el príncipe Federico III, elector de Sajonia, obtuvo una concesión mediante la cual a Lutero le sería concedido un salvoconducto para acudir y regresar con seguridad desde el lugar del encuentro. Tal garantía era esencial después del trato recibido por Jan Hus, procesado y ajusticiado en el Concilio de Constanza de 1415 a pesar de que poseía un salvoconducto. Finalmente, el 2 de abril de 1521, sale hacia Worms. Su viaje parece más una marcha triunfal que el acto de arrepentimiento que la iglesia esperaba. En todos los pueblos por donde pasa es recibido por multitudes entusiastas. Predica en Erfurt, Gotha y Eisenach. También en Worms, a donde llega el 16 de abril, el pueblo lo recibe con júbilo.

Del 16 al 18 de abril, Lutero habló ante la asamblea. En total, la comparecencia de Lutero fue contemplada por unas mil quinientas personas lo que explica el calor sofocante que había en la sala. Las más importantes eran el emperador Carlos, los electores Federico de Sajonia, Joaquín de Brandeburgo, Luis del Rhin y los arzobispos Alberto de Maguncia, Reinhart de Tréveris y Hermann de Colonia.

La actitud de Lutero ante la Dieta imperial es descrita como racional, inteligente y bien pensada, haciendo varias declaraciones en su defensa. Admitió ser el autor de los escritos que llevaban su nombre, pero rechazó retractarse de sus enseñanzas. Sostuvo que no podría hacerlo sin estar convencido de que debía hacerlo, pide tiempo para pensarlo y se le concede un día para hacerlo.

Al presentarse de nuevo ante el emperador, Lutero dice que no ha encontrado ninguna prueba contraria a sus tesis y opiniones que podría hacerle cambiar de postura. Entonces expresa:

“Si no se me convence mediante testimonios de la Escritura y claros argumentos de la razón, porque no creo ni al papa ni a los concilios ya que está demostrado que a menudo han errado, contradiciéndose a sí mismos, por los textos de la Sagrada Escritura que he citado, estoy sometido a mi conciencia y ligado a la palabra de Dios. Por eso no puedo ni quiero retractarme de nada, porque hacer algo en contra de la conciencia no es seguro ni saludable”.

En ese momento, abrumado por la emoción, Lutero cambió el latín en que se había expresado por su alemán materno y exclamó: “No puedo más. Haced de mi lo que deseéis. ¡Que Dios me ayude!”.

Después de salir de la sala de sesiones, escoltado por los que llamaba sus “ángeles guardianes”, Lutero llegó al final a su alojamiento. Una vez allí, levantó los brazos al cielo mientras gritaba: “¡Ya está! ¡Ya está!”. Se encontraba embargado por la convicción de que había cumplido con su deber. Donde otros se habían retraído por miedo o por interés, él se había mantenido firme frente a los grandes poderes de su tiempo y fiel a los dictados de su conciencia. Lo había hecho además no por intereses políticos, por codicia o por ansia de poder sino por amor al Evangelio y sostenido en la fe en su Redentor.

No es detenido ya que su salvoconducto tiene una vigencia de 21 días. El 25 de abril emprende el viaje de regreso. No respetando el acuerdo que le garantizaba a Lutero un regreso seguro, el emperador proscribe al reformador (Edicto de Worms), indicando que fuera prestamente arrestado y condenado y que cualquiera podía matarlo sin temor a consecuencias. Con el fin de protegerlo, el príncipe Federico organizó un secuestro simulado en el camino a casa y lo escondió en el castillo de Wartburg. Durante el período que estuvo en Wartburg, Lutero inició su tarea más importante: la traducción de la Biblia al alemán.

Artículo de Sidney Orret

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