Celebramos 500 años

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Efesios 2:8-10

Aunque ya hemos celebrado a lo grande esta efeméride a lo largo de este inolvidable 2017, especialmente el pasado verano, donde hubo tiempo para proclamar en las calles, con este 500 aniversario como pretexto, pero siempre con el Evangelio como motivo y la gran comisión como mandato; ahora, en esta semana que entra, llega la fecha concreta de los 500 años desde ese preciso momento en el que el monje agustino Martín Lutero clavó las 95 tésis, en la puerta de Wittenberg, dando lugar a una de las mayores revoluciones en la historia de Europa. Revolución que no sólo afectó al ámbito estrictamente religioso, sino también procuró la transformación social, política y cultural en las siguientes décadas, de casi todo el continente y luego del resto del mundo.

Es cierto que si leemos esas 95 tésis, con los ojos de un evangélico en la España o Latinoamérica del siglo XXI, es posible que no estemos cien por cien de acuerdo teológicamente con Lutero, o incluso que lo veamos un poco lejos de nuestra actual doctrina (por ejemplo, en el caso del bautismo de los recién nacidos que siguen practicando algunos luteranos hoy día), pero la iglesia no se reformó de golpe en ese 31 de octubre de 1517 y se convirtió en la que conocemos hoy. Fue un proceso paulatino, a los que no todos quisieron sumarse de igual manera, tratando de conservar sus creencias y tradiciones o añadiendo o cambiando otras, creándose de esta manera, ese gran rosario de denominaciones que es hoy la Iglesia.

De hecho, voy un poco más lejos y afirmo que la iglesia aún tiene que seguir reformándose y tiene cosas que cambiar. Pero los seres humanos que la componemos somos lentos en la asimilación de las cosas espirituales y aún más si nos lastran nuestra terquedad y orgullo. Pero la buena noticia es que el Señor sigue trabajando en cada uno de nosotros y llegaremos a la meta, a la plenitud cuando estemos en su presencia.

Mientras tanto, seguimos persistiendo en seguir adelante, pero siempre con una premisa como base. Exactamente la misma premisa que le sirvió a Lutero (y no sólo a Lutero, sino a cientos de precursores en tiempos pasados, como ya lo vimos en anteriores boletines) para darse cuenta del error que estaban cometiendo él mismo y la iglesia a la que servía, que la salvación no se puede “ganar” ni obtener de ninguna manera humana, sino que es dada por la gracia de Dios y poniendo nuestra fe en ella. Esta misma premisa es la compartieron también muchos reformadores que vinieron después (y que estamos estudiando en artículos a lo largo de este año).

Hasta entonces, la iglesia oficial, principalmente la romana, se empeñaba en hacer negocio con la salvación y el perdón de pecados, ya sea pagando con dinero o bien mediante obras, votos o penitencias, como si mediante el esfuerzo de cada uno se pudiera obtener. Y esto es muy importante, porque condicionaba no sólo la vida espiritual de las personas, sino que también daba forma a la manera de hacer política y moldeaba la cultura secular, pues esta iglesia romana influía en todos los estratos de la sociedad, desde la gente más humilde hasta los reyes y emperadores, haciendo que se acumulara un gran poder en la alta jerarquía eclesial.

Al llegar Lutero, esta injusticia, que poco o nada tiene que ver con el evangelio, fue denunciada, reclamando volver a una espiritualidad auténtica basada en el estudio de las Escrituras, entre las que se encuentran pasajes como Romanos 1:17 “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.”, que fue uno de los más llamativos para este monje, o el pasaje que tenemos en cabecera, de Efesios 2:8-10. Las obras ya no eran necesarias para la salvación, sino que son el resultado de un corazón transformado (o en transformación) por haber puesto la fe en Jesucristo y por la gracia que tuvo para con nosotros, tras haber dado su vida en la cruz, recibiendo el castigo que merecíamos nosotros.

Sabemos que esta rebelión contra Roma a Lutero no le iba a salir gratis (ya lo estudiamos en artículos anteriores), pero al final el Señor le cuidó y le protegió para continuar con su trabajo hasta el final de sus días, y para que su legado se extendiera en el tiempo, mientras la iglesia alrededor del mundo tomaba conciencia de que debía de regresar a la “Sola Scriptura” (sola escritura), facilitando su traducción y estudio por cualquiera que lo desee, que debía de poner y proclamar su “Sola Fide” (sola fe) en “Solo Christo” (solo Cristo), en nadie más, y que éste, nuestro Señor y Dios se dio por todos nosotros por su “Sola Gratia” (Sola gracia), para que demos “Soli Deo Gloria” (sólo a Dios la Gloria). ¡A Él sea la gloria! ¡Feliz día de la Reforma!

Artículo de Santi Hernán

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