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Noviembre: Misiones internacionales

“Entonces hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaba, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, de que no verían más su rostro. Y le acompañaron al barco.” Hechos 20:37-38

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¿Cómo reaccionaríamos nosotros si un hijo nos dijera que se va a un país extranjero a predicar de Cristo? Posiblemente muchos de nosotros reaccionaríamos con gozo y satisfacción al ver cómo ese hijo ahora es una herramienta en manos de nuestro Dios. Pero con honestidad, nos daría algo de miedo y tristeza por la separación.

Pero ¿Y si dijera que el país al que está llamado este hijo es Corea del Norte, Somalia, Afganistán o quizá Libia? Seguro que el oír el nombre de estos u otros tantísimos países (con un importantísimo porcentaje de la población mundial viviendo en ellos) donde el cristiano es cruel y sistemáticamente perseguido, seguro que ya no nos parecerá tan bien. Más de uno de nosotros (yo me incluiría) reconvendríamos a nuestro hijo (o amigo o familiar querido) para ir a otro país o revisar bien cuál es su llamado.

Pues en esto consiste ser misionero, en llevar la Palabra a personas en otras partes del mundo (hasta lo último de la tierra). No tiene por qué ser necesariamente a un país con persecución que el Señor llame, pero desde luego no se trata de un viaje de placer. Y salir del círculo de confort y de la compañía de los suyos siempre es doloroso, aunque la llamada sea a ir a misionar a paradisíacas Islas Maldivas (donde, por cierto, también se persigue fieramente a los cristianos).

Algo así debieron sentir los cristianos de Éfeso, al despedir a Pablo tras su emotivo discurso, antes de zarpar para ir a una ciudad donde sabía que no le irían a recibir con los brazos abiertos, como era Jerusalén (Hechos 20:17-38). Pablo iba a estar ante los de su propia nación, que le acusaban de predicar sobre el Cristo al que, antes él mismo asolaba antes de su conversión.

Pablo fue muy honesto con los de Éfeso, que les dijo, hasta en dos ocasiones que “nunca les verá su rostro”.

Pensemos por un momento que a un amigo o familiar le ocurre lo mismo. Pensemos que nunca más le veremos mientras estemos en este mundo. Pensemos que del lugar donde va, no va a regresar.

Y pensemos que humanamente, tiene otra alternativa. ¿Se la ofreceríamos? Estoy convencido de que sí, porque somos así de protectores. Queremos lo mejor para nuestros seres queridos. Y desearle marchar a un lugar hostil no encaja con los planes de nadie… salvo los planes de aquel que nos ama más que a nadie y que nos conoce mejor que nadie.

¡De qué manera tan diferente ve las cosas el Señor! Mientras nosotros sólo vemos una parte de la historia, en el que un amado amigo o un miembro de nuestra familia emprende un arriesgado viaje, sin probable retorno. Dios tiene una panorámica mayor: Lo que ve es un instrumento para que sean muchos, al otro lado del mundo los que regresan a Él. ¡Esa es la bendición de los misioneros en el extranjero!

Ahora, pensando un poco en nosotros (sólo un poco), también hemos recibido esa gran bendición, y cuando me refiero a “nosotros”, no sólo pienso en España, sino que, de algún modo, todos los países del mundo han recibido misioneros. Hasta el país donde se originó el cristianismo, recibió y hoy sigue recibiendo misioneros. Sin ir más lejos, en el pasaje de cabecera de este artículo, vemos que el propio Pablo viajó a la ciudad que vio nacer la Iglesia en Pentecostés.

Pero pensemos en que nosotros tenemos muchos hermanos que han dejado atrás confortables hogares y familias para venir a predicarnos y esta predicación ha traído su fruto y por eso estamos aquí.

Dejemos de ser egoístas y pensemos con gozo en que España es también, desde hace décadas, un país que envía misioneros, y prueba de ello lo tenemos en Guinea Ecuatorial principalmente (donde la obra misionera bautista está más que consolidada) y también Mozambique, Cuba y ahora también el Norte de África, un lugar, por cierto, inhóspito para los cristianos. Ahí, en colaboración con el Ministerio de Obra Social de la UEBE se está sirviendo, ayudando y, por supuesto compartiendo el mejor pan (el pan de vida) con miles de personas, que ahora viven en opresión y en completas tinieblas.

Pensemos en ellos y no dejemos de orar y ofrendar. Si Dios no te ha llamado directamente a las misiones, sostengamos la obra desde aquí.

Santi Hernán